El ejemplo

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hace tiempo decía Burke, con toda razón, que “el ejemplo es la escuela de la humanidad, la única escuela que puede instruirla”. Hoy, es obvio, se necesita ejemplaridad en quienes se dedican a la muy noble tarea de la dirección y conducción de las cosas públicas. Evidentemente, esa ejemplaridad es también exigible a los líderes del sector privado y a los configuradores de la opinión y del pensamiento. Pero, quizás, por la especial posición que ocupan los políticos en el entramado actual, porque deben permanentemente atender al interés general y a la defensa, protección y promoción de los derechos fundamentales de las personas, a ellos la sociedad, todos y cada uno de los ciudadanos, deben reclamar una especial integridad. Es obvio que sólo puede dar ejemplo quien va a la vida pública a aportar, dar, no a aprovecharse o a resolver su mantenimiento personal. Siempre ha habido, y siempre habrá, personas con inclinación a la actividad política que sintonicen con lo que dejó escrito Remy de Gourmont con proverbial acierto: “cuando se aspira a vivir de si mismo, se produce siempre el tedio. Solamente se encuentra el placer en el servicio al prójimo.” 
 Gobernante debería ser aquel que superase a los demás en virtudes. Esta sentencia es de Cantú y se escribió en 1890. Quizás esta sentencia hoy pueda sorprender pero estoy casi seguro que es lo que desean los ciudadanos. Hoy existe una crisis moral que se manifiesta en un cierto miedo, en algunos casos temor reverencial, a la búsqueda de la verdad y del bien, únicos valores que liberan en su sentido más estricto y que propician el libre y solidario desarrollo de la persona
Es importante, muy importante, el ejercicio personal de las cualidades democráticas porque no podemos olvidar que como escribió Gladstone, “el egoísmo es la mayor maldición de la especie humana”. Por eso el maestro Aristóteles nunca dudó en sentar que “un Estado es gobernado mejor por un hombre excelente que por una ley excelente”. Quizá porque lo importante, la frase es de Disraeli, “es confiar, no demasiado en los sistemas, y si en los hombres”. 
Hoy, no hay que ser muy inteligente para percatarse de ello, nos encontramos ante un peligroso silencio -o notoria ambigüedad- sobre temas claves por parte de quien tiene “auctoritas” o “potestas” para ayudar a configurar la opinión. Quizás, porque da vergüenza mostrar convicciones firmes, en caso de tenerse.
En fin, lo más grave es lo que denunció ya en 1856 Stuar Mill: “la mediocridad colectiva es, en las sociedades democráticas, la mayor amenaza a la libertad”. Nunca mejor dicho y nunca más actual. No hay más que asomarse a nuestra realidad cotidiana en tantas y tantas manifestaciones de la actividad humana.

El ejemplo