El fracaso del Estado

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ecía Albert Einstein, si los hechos no encajan, cambie los hechos. Y eso mismo es lo que llevan haciendo los políticos ucranianos desde el año 2014, tratando de ajustar la historia del país a la medida de sus deseos. 
El pasado 31 de marzo se celebraron allí elecciones presidenciales, pasando a la segunda vuelta el actor cómico, Volodymir Zelensky, junto con el actual presidente, Petro Poroschenko. Los vientos para la segunda vuelta, a celebrar el 21 de abril, parece que soplan a favor del humorista, porque seguramente contará con el apoyo de los votantes de Yulia Timoshenko que no pudo pasar la primera ronda. Por cierto, una política de dudosa honestidad con la cosa pública, como casi todos allí, pero con talante para el diálogo. Y, además, como muchas ansias de volver a ser de nuevo primera ministra.
El mandato del actual presidente fue simplemente catastrófico. Antes de llegar a la presidencia prometió acabar con la corrupción, sin embargo, cinco años después no solo no acabó con ella, sino que la ha convertido en el máximo exponente de su gobierno,  reemplazando a los oligarcas anteriores por los suyos propios. Y para encubrirla practicó el disparate de intentar convertir a los ucranianos en anti-rusos, creando así una crisis artificial entre sus propios hermanos. Algo demencial. Puesto que la mayoría del pueblo ucraniano está unido a nivel civilizacional, espiritual y cultural con los rusos; son casi lo mismo.
La “peña” del presidente, apoyada en grupos nacionalistas de pelaje nazi, acusa de traidor a todo lo que huela a pro-ruso, o que creen ellos que lo sea. Lo que no deja de ser una grotesca ironía, puesto que nadie ha hecho tanto para destruir a ese país como los que están ahora en el poder. Por la sencilla razón de que son una panda de ambiciosos sin medida ni control. Al fin y al cabo la traición es hija de la ambición, por lo tanto, habría que preguntarse quiénes son los verdaderos traidores.
De todo ello se deduce que la viabilidad de Ucrania como nación está en entredicho, incluso aunque llegara el cómico a la presidencia. Porque en el supuesto que intentara dar un giro constructivo a las relaciones con Moscú, pues la pacificación del país pasa por allí, las cosas se le pueden complicar. No hay que olvidar que después del golpe de Estado contra Yanukovich, en 2014, dejó de ser una república presidencial para convertirse en parlamentaria. Y Zelensky en estos momentos no cuenta con un partido ni con unos diputados que lo apoyen, con lo cual tendría que empezar por fundar uno y esperar las próximas elecciones legislativas de noviembre. 
Y si Poroshenko sale ganador, lo único que se espera es el aumento de la corrupción, de la conflictividad y de toda clase de desastres, incluso la alta probabilidad de una guerra abierta contra las regiones pro-rusas, que conduciría inevitablemente al país a una catástrofe humanitaria y también a su desaparición.
La realidad es que es difícil desmontar el manicomio político ucraniano, que es en lo que han convertido a ese bello país unos cuantos individuos sin escrúpulos, que responden únicamente a diferentes intereses externos y no a los nacionales. Una generación de políticos que no han construido nada positivo en los últimos años. Su único “triunfo” fue profundizar la corrupción, alimentar el odio para encubrirla y conducir el país hacia el caos.  
Es buena verdad que cuando los pillos se adueñan del poder nada bueno se puede esperar. En ningún lado. Y ese país eslavo es un vivo ejemplo. Sus políticos usaron como decoración de fondo un falso patriotismo para amasar fortunas, dineros que estas alturas ya estarán a buen recaudo en los bancos occidentales y en algunos paraísos fiscales. Y blindados. Porque como han seguido el guión que les escribieron desde afuera nunca  tendrán que demostrar si sus bienes fueron mal o bien habidos, con lo cual nos demuestra la gran hipocresía que hay en estas cosas.
Así que, cualquier cosa que ocurra el día 21 las cosas no pintan nada bien para los ucranianos, a no ser que aparezca algo de sentido común en sus políticos. Aunque todo indica que eso allí escasea. 
 

El fracaso del Estado