LOS BUENOS

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Cuando no levantas un palmo del suelo te enseñan que esos señores de azul que a veces te cruzas cuando vas de la mano con tus padres son los buenos. Policías, te explican. Te ayudan cuando lo necesitas y detienen a los malos.

Luego llegas a la adolescencia y esos mismos señores de azul te marcan el cuerpo a porrazos cuando sales a la calle a defender tus derechos. Te preguntas cuándo han dejado de ser los buenos. O cuándo te has convertido tú en el malo. Resulta que si eres un estudiante valenciano que reclama calefacción en su instituto, mochila de libros a la espalda y manos al aire, eres el enemigo. Y como tal te tratan. Aunque seas un menor de edad.

Tu delito, al parecer, es que seas un chaval que ha tenido el valor de protestar por lo que le afecta en lugar de quedarse en casa frente al ordenador. Yo estoy con el enemigo. Si esto es una guerra, sé cuál es el bando al que me tengo que unir.

Me gustaría que pudiésemos seguir diciéndoles a los niños quiénes son los buenos sin temor a equivocarnos

 

Dicen que a su lado había otros que increparon a los agentes; que les agredieron y que estos se vieron obligados a responder con contundencia. Caras descubiertas frente a cascos y escudos. Gritos frente a armas.

Ataques en grupo al que se quedase solo, ya fuese un crío de quince años, una madre o un vecino que pasaba por el lugar. Porras que se alternaban para hundirse en la carne del caído en el suelo, en una coreografía macabra, brutal.

La obligación de los profesionales de la seguridad es buscar la solución pacífica a los conflictos y usar una fuerza proporcional y legítima, no hacer de una marcha un campo de batalla. Por ingrato que resulte en ocasiones su trabajo, por compleja que sea la situación, deberíamos poder confiar en que sabrán responder adecuadamente. Que los buenos seguirán siéndolo pase lo que pase. Que no estamos desamparados.

Son demasiados los casos en los que las imágenes de las cargas policiales nos hielan la sangre. El argumento –inaceptable en cualquier caso– se repite después de cada acción violenta: la culpa fue de los radicales y de los antisistema.

Como si en esos dos calificativos se resumiese toda la vileza de este mundo. Yo soy radical. No admito términos medios en determinadas cuestiones. Y soy antisistema cuando el sistema establecido es malo. Decirlo en voz alta nunca debería ser motivo de castigo. Silenciar a golpes nunca debería ser una opción.

Me gustaría que pudiésemos seguir diciéndoles a los niños quiénes son los buenos sin temor a equivocarnos.

LOS BUENOS