ARGOT INTERNO

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Podría optar por titular esta columna “Patente de Corso”, pero he decidido finalmente ponerle el que aparece aprovechando que el sustantivo y el adjetivo, en estos tiempos que corren, si no es sinónimo del anterior, al menos corre parejo a él, sobre todo en el caso de referencia.
Y es que hasta 78 directivos y altos ejecutivos de Bankia, entidad derivada como se sabe de la ruinosa Caja Madrid, que llegó a recibir del Fondo de Reestructuración y Ordenación Bancaria (FROB) 22.000 millones de euros para reflotar sus cuentas –que no su credibilidad– se encuentran a escasos metros del banquillo de los acusados por la utilización de las denominadas tarjetas “Black” con fines particulares. En total, se gastaron en, más o menos, nueve años, 15 millones de euros en facturas de viajes, servicios de restauración o, como se ha sabido últimamente, incluso en vehículos de “muy alta” gama, adquiridos además con considerables rebajas por parte de los vendedores. Patente de Corso –que da nombre también a la conocida columna de Arturo Pérez-Reverte– era el permiso real, utilizado por numerosas marinas de todo el mundo –incluida por supuesto la española– para practicar un forma más versátil de piratería y, por supuesto, no castigada con el patíbulo. Aclarado el significado, que en materia literaria viene a algo así como a testimoniar la libertad de Pérez-Reverte para hablar de lo que se le antoje y de quien le pete sin más miramientos que su propia conciencia –alguna se le suponía a los corsarios por aquello de distinguirse en al menos algo de sus primos piratas y bucaneros–, más fácil resultará entender el símil.
Lo de “argot interno” convierte en fresco incluso lo rancio. Puestos a elegir colores, se supone que excluyeron el platino, el oro, el azul y el rojo, este último por aquello del consabido significado de expulsión que, aunque circunscrito al ámbito deportivo, ha pasado incluso a ser coletilla de titulares. A alguna de estas mentes tan oportunistas como denostadas, que pergeñaron el rumbo errático y falso de Caja Madrid hasta el punto de que su valor en bolsa fuese sobreestimado por su anterior presidente, Rodrigo Rato, se le debió de ocurrir eso de utilizar el vocablo inglés, seguramente porque llamarlas “tarjetas negras” resultaría demasiado evidente. El caso es que cumplieron su función con creces, por lo que se deduce, incluso bajo el conspicuo pitorreo de sus beneficiarios –teniendo en cuenta el calificativo–, entre ellos alguno que por ahí andaba de “izquierdas”. Puestos a pedir, al menos por lo que se entendería como un acto de noble justicia, no estaría de más que ahora fuesen paseados por la tabla, como siglos atrás acostumbraban a usar sus colegas.

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