BOCHORNO GENERAL

|

El semanario El Caso, fundado en 1952, publicó los sucesos más truculentos que ocurrían en aquella España de posguerra, desde desapariciones misteriosas y episodios de enorme dramatismo hasta los crímenes más horrendos. El Caso desapareció en 1987, pero durante el franquismo tuvo el gran mérito de esquivar la censura para contar en llamativas portadas y relatos con morbo muchas historias de aquella España negra en la que “oficialmente” no ocurrían esas cosas.

Rescato del recuerdo este curioso semanario, porque hay días en los que los periódicos y demás medios de comunicación se parecen a él, no por el relato de crímenes pasionales y de asesinatos llamativos, sino por la crónica diaria de innumerables casos de corrupción que a veces monopolizan las informaciones diarias.

Un ejemplo significativo se produjo la semana pasada cuando un periódico de difusión nacional dedicaba nada menos que ocho páginas a corrupciones varias, cuyas estrellas eran la condena del expresidente de Baleares por el caso Palma Arena y la declaración del chófer del exdirector general de Trabajo de Andalucía por el caso de los ERE.

La corrupción sobresale en la política y sus aledaños, aparece cada vez con más frecuencia en algunas otras instituciones del Estado y también parece que está incrustada en la misma sociedad, que no castiga en las urnas los delitos cometidos al amparo del poder, como ocurrió en Andalucía el domingo y en elecciones anteriores en Valencia.

Es verdad que la mayoría de los políticos son honrados, faltaría más, pero también es cierto que hay más de un millar de procesos judiciales abiertos por malversación de dinero y otros casos de corrupción. Y, manteniendo la presunción de inocencia, hay sospechas fundadas sobre cargos públicos que en su vida “civil” no pasaban de mileuristas –cuando trabajaban–, y después de su paso por la política aparecen como ciudadanos acomodados.

Las variadas tipologías de corrupción ocupan hoy la crónica negra de España y no solo deterioran la imagen del país y escandalizan a la gente, como aquellos relatos de El Caso, sino que representan un insulto a los ciudadanos decentes. Mientras los casos se suceden, da la impresión que los partidos mayoritarios juegan a un “y tú más” o “y tú peor” que abochorna. Si fueran beligerantes contra ella, como exige el guión democrático, buscarían un gran pacto para erradicar esa lacra social de sus filas y del país.

BOCHORNO GENERAL