Rebelión de los electores

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Ocurrió en Italia. En mayo de 1983 los 320 habitantes con derecho a voto de Santa María Valoquo, localidad de la provincia de Caserta, rechazaron las papeletas electorales, porque los dirigentes políticos les habían prometido en comicios anteriores agua, luz, oficina postal, teléfono público y otros servicios que nunca llegaron al pueblo. Por eso, hartos de promesas se rebelaron contra el sistema en protesta por lo que consideraban una falta de respeto.
Tres décadas después la rebelión de Santa María Valoquo es como un aviso de lo que puede ocurrir en España que, en otro nivel, también tiene problemas pendientes, como la consolidación de la recuperación económica, continuar la lucha contra el paro y la desigualdad, la corrección del déficit y los compromisos con la UE, el Estado de bienestar, la secesión en Cataluña, la regeneración, las reformas de la educación, de las administraciones…
Todos estos asuntos y más –el AVE a Galicia, por ejemplo– están esperando por el nuevo Gobierno que no llega porque los dirigentes políticos persisten en mantener el bloqueo sin que les importe que el país esté perdiendo oportunidades y amenazado de intervención por Europa, ni que volver a las urnas manche la imagen de la marca España y traiga graves consecuencias económicas y sociales para todos.
Por eso se extiende la indignación entre la gente y ya se escuchan voces con propuestas de rebelión similares a la de los vecinos de Valoquo por la irresponsabilidad de los líderes –Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias– que anteponen los intereses de sus partidos y sus ambiciones personales a las necesidades del país que tienen paralizado.
¿Qué entenderán por “patriotismo, sentido de Estado y servicio a España” cuando están causando su deterioro político, económico, empresarial y social? No se enteran de que su nula “productividad política” –en siete meses fueron incapaces de acordar la investidura– cobrando generosos sueldos es un insulto a los españoles.
Las circunstancias excepcionales pueden convertir en excepcionales a hombres vulgares, decía Churchill. No es el caso. Estos políticos son mediocres e incapaces de superar sus discrepancias por el bien común en este momento delicado de España. Se mueven mejor en el fango del rencor, del veto y de las líneas rojas que en la mesa del diálogo, del acuerdo y del pacto, que es el mandato de las urnas que no quieren entender. De verdad, los ciudadanos merecemos algo más.

Rebelión de los electores