España secular

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Tuvo Ortega, hace un siglo, la ocurrencia de hablar para España de “un sugestivo proyecto de vida en común”, y por esa gatera de optimismo equívoco se colaron ebrios y aviesos, intrigantes y taimados, muy sobre todo, pero también algún que otro adalid idealista con hechuras revolucionarias muy de la época, el falangismo de José Antonio, verbigracia, además de que el regeneracionismo del 98 estaba más que predispuesto a recibir estos bálsamos salvíficos como idea de patria común. 

Fue así que quedó instalado en el imaginario sentimental de la retórica sobre qué sea España, esa entelequia soñada por los siglos, la virtud de la voluntad como expresión eficaz, mayor, y única ultima ratio, para conformar la nación, naturalmente en el sentido que pueda, eventualmente, determinarse. 

Y así va hoy la cosa de badulaques mayoritarios, y ésta es la clave, que exigen independencias y secesiones, cómo decir, a la carta, para satisfacer su expreso deseo de que sea así, y así, dicen, ha de ser.

Véase, pues, cómo una idea brillante en su rectitud de estimulante convivencia de buena fe, acaba siendo un peligro intenso, como tantas otras cosas, tantas veces, por degenerado mal uso de práctica social, o sea, argumentos delicados manejados por espíritus zafios y maliciosos, con expresión violenta en toda su consecuencia de provocación. 

No negaré, muy al contrario, que ese aserto de Ortega, además del expreso deseo de conformar una iniciativa de estímulo social y político, tenía en su propuesta de pretensión histórica un algo del aire de tenue frivolidad que nuestro filósofo solía darle a sus asuntos más superficiales, y fue por esto, muy seguramente, que resultó reflexión del todo propicia a interpretaciones ambiguas, cuando no torcidas, malévolas en su interés sectario, y en todo caso fuera y al margen de todo protocolo cabal de reconocerse en nación. 

La nación, las naciones que lo son tales, España, desde luego, viene conformada en su reconocimiento histórico, gradual, en la sucesión  aprehensible de los siglos, en la génesis de sus fundamentos, en su avatar descriptivo y continuado, circunstancial, episódico, integrador, y de modo muy especialmente significante al caso español, en la realidad cultural que acredita el hecho imperial como realidad pedagógica, por igual receptora y transmisora, esto es, desde lo que recibe de la Antigua Roma y que va a establecer la entera, y completa, y genuina, personalidad de Hispania, hasta su reveladora, magnífica y extensa labor civilizadora, tan obvia en sus consecuencias mejores, tanto, que no será de distraerme en argumentar contra esos desahogos de iluminados con breviario ideológico, siempre con sus cositas estupefacientes de indocumentados a tiempo completo, y eso sí, cómo no, a favor de la internacional de la causa negra. 

Vamos, que no, no es, ni puede ser, la expresión de la voluntad, siempre contingente, lo que determine hoy, mañana ya se verá, qué sea, y cómo haya de ser, una nación, que es anterior y vinculante en sí misma por propio derecho en la memoria de los siglos como único origen en dignidad acreditada. 

Ah, y no tendría que decirlo, pero lo diré, a saber, las mayorías, lo mayoritario, no suponen en sí mismas ni acreditación de solvencia, ni selecta consideración cualitativa, ni mucho menos refinamientos de estilo, criterios cultos o garantía de reflexión, esas menudencias, verdad, que explican al ser humano más evolucionado, muy antes al contrario. Las mayorías, lo mayoritario, lo único que describen es la obviedad de la cantidad. Y por cierto, el propio Ortega, ya algo más sesudamente, como se sabe, señaló muy bien al definir como principio descriptivo el carácter acéfalo de la masa, que por ahí le va, en ocasiones, a la mayoría. España no está, ni puede estar, en almoneda. Y en esta hora, conviene recordarlo, con firmeza inequívoca. 

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