RECURSOS Y DESPROPÓSITOS

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Nuestra destrucción es inevitable, es solo cuestión de tiempo. Llegará el día en que el Sol empezará a experimentar cambios que alterarán la vida para siempre en la Tierra; hasta abrasarla y finalmente desparecerla. Aunque con la erupción de varios megavolcanes o la colisión de un asteroide de cierta envergadura el final de nuestro planeta puede ocurrir mucho antes. En cualquier caso, nuestro destino final es convertirnos en polvo de estrellas. Los cambios climáticos han sido una constante en la historia de la Tierra; eso significa que ninguno de los cambios habidos anteriormente ha sido forzado por la mano del Hombre. Y es muy posible que el cambio climático que actualmente estamos experimentando no tenga que ver con la irresponsabilidad de los humanos –aunque sí con su aceleramiento–.

Es obvio que si las grandes potencias siguen tensando la cuerda –con el propósito de salvaguardar intereses geopolíticos y económicos– se avecinan grandes catástrofes ambientales; y también humanitarias. Es necesario construir un modelo de crecimiento distinto, sobre todo más racional y equilibrado. Dentro de muy poco tiempo la mayor parte de África será un puro desierto, lo cual producirá grandes desplazamientos humanos para escapar de las hambrunas que se avecinan –aunque algunas ya son una cruel realidad–. El agua, que es fundamental para los seres vivos, pasará a ser un artículo de lujo; incluso se predicen conflictos bélicos a gran escala para conseguirla. Al preciado líquido ya se le empieza a llamar el “oro blanco”.

Es injusto –¡aparte de ser inmoral!– que grandes transnacionales, con el objeto de maximizar sus ganancias, haciendo subir artificialmente los precios, estén comprando y almacenando cosechas enteras de cereales, mientras decenas de miles de personas se mueren de hambre en muchos países del mundo. Con esa política están enviando a la muerte por inanición a poblaciones completas. En realidad, lo que está ocurriendo es un genocidio en toda regla. Y esa responsabilidad no es solamente de las grandes corporaciones, también lo es de muchos gobiernos. Incluso nuestra.

Es obvio que si no se cambia de política, por una que conduzca a la utilización más racional de los recursos naturales, antes de que finalice este siglo nuestro planeta azul se convertirá en un lugar inhóspito, prácticamente invivible. Estamos ante una situación tan peligrosa que si los gobiernos de las grandes potencias no se involucran, adoptando las medidas pertinentes, se avecina una situación insostenible para las generaciones futuras.

No se puede seguir agrediendo la naturaleza, como se está haciendo en la actualidad. Hay que poner fin al uso de energías contaminantes, investigando nuevas fuentes alternativas para dejar la dependencia del petróleo. Y ayudar a los países del Tercer Mundo, pero de otra manera –no con limosnas como se está haciendo ahora–, pues lo único que hacen es prolongar la agonía de sus habitantes, sino con nuevas tecnologías y planes crediticios. Además, hacerlo de una manera transparente y sincera, no imponiéndoles gobiernos para que estén al servicio de la transnacional de turno, lo cual ocurre en la mayoría de los casos. Ese no es el camino.

Lo ideal sería que los intereses generales –a escala planetaria– primaran sobre los particulares. Desgraciadamente no es así. Con lo cual no es ético ni moral seguir apoyando a políticos que apadrinan políticas depredadoras, para que un pequeño grupo acabe destruyendo el planeta. El problema es demasiado serio como para ser tomado a la ligera. Es una cuestión de sobrevivencia.

Quizá cuando reaccionemos sea demasiado tarde. Si no se producen cambios en las políticas medioambientales y en la utilización de los recursos naturales, los humanos estamos acelerando nuestro desenlace final.

Es necesario cambiar la cultura del consumismo desaforado, que se adueñó de nuestras sociedades, por otra más razonable y racional. Esa sería la única fórmula para retrasar en el tiempo nuestro científico y asegurado final. Cuando todo lo hayamos destruido no habrá otro lugar a donde ir.

 

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