Del chupinazo a las violaciones

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Por unas fiestas libres de agresiones sexistas. Este era el lema que el Ayuntamiento de Pamplona quiso poner como subtítulo a los sanfermines para evitar las imágenes de otros años, con tocamientos fuera de lugar y jóvenes sobando a chicas medio desnudas y bañadas en vino, más propias de una bacanal romana que de una celebración del siglo XXI. La intención, seguramente, era buena, pero desde luego no lo han conseguido. 
En cinco días, se han producido cuatro violaciones y otros abusos pero, seguramente, haya más porque, como todo el mundo sabe, no todas se arman de valor y acuden a una comisaría. Las estadísticas dicen que de cada seis agresiones solo se comunica una. La primera denuncia fue una violación a una chica de 19 años, cometida por cinco jóvenes con edades comprendidas entre los 25 y los 28 años, uno de ellos guardia civil. Reconforta mucho saber que uno de los que debería defender es precisamente quien agrede. Habría que respetar la presunción de inocencia y esas cosas pero es que los tipos fueron lo bastante idiotas como para grabar los hechos con el móvil, lo que ha llevado al juez a dejarlos en el trullo, sin fianza. En total, al menos hasta ayer por la noche, hay doce hombres detenidos –uno por agredir a quien trató de defender a las víctimas– por abusos a varias mujeres, una de ellas una agente de la policía. Con su uniforme. 
El Gobierno de Navarra está realizando un informe durante estos sanfermines para determinar por qué se producen estos hechos, aunque el gráfico que colgó Pablo Echenique en Twitter da una pista bastante acertada: la causa de las violaciones no es el alcohol, la ropa que lleven puesta las víctimas, las fiestas o las calles solitarias; la causa de las violaciones son los violadores. Así de simple. 
Cuando se producen noticias trágicas, crímenes, atentados o cualquier otro suceso, es habitual que las redes sociales se llenen de comentarios para, por este orden, condenar y lamentar. Con los hechos que se produjeron en Pamplona –o los que sucedieron en diciembre en Alemania–, solo alcanzo a ver algunas tímidas reacciones. Todas de mujeres. 
Al menos, las noticias de estos últimos días han servido para llevar a la agenda mediática un tema que no es bonito y que suele ir en un breve en la página de sucesos. En España, cada día, tres mujeres sufren una violación. Eso supone más de mil al año, según las estadísticas que maneja el Ministerio del Interior. Curiosa e incomprensiblemente, las agresiones sexuales no están contempladas en la ley de violencia de género y los protocolos para prevenirlas siguen pendientes desde los años 80. 
La violencia machista, especialmente la violencia sexual, es algo que todavía nos sigue dando vergüenza reconocer, empezando por nosotras mismas, porque siempre habrá alguien, ya sea hombre o mujer, que piense que “le habrá dado pie”. Cualquiera que haya tenido la suerte de zafarse de un borracho baboso o haya marcado en el móvil el número de la policía mientras cruzaba un callejón más oscuro que de costumbre sabe de lo que hablo. La vergüenza está en que, a estas alturas, todavía no hayamos sido capaces de librarnos de estos animales.  

Del chupinazo a las violaciones