Nuestros abuelos

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Malos tiempos para todos. Sin comerlo ni beberlo nos ha caído encima una maldición en forma de virus que está destrozando nuestras vidas. Entre tanto sufrimiento surgen oleadas de solidaridad con distintas representaciones que nos hacen sentir ese calor humano que tantas veces hemos echado en falta y que, desgraciadamente,son efímeras. 

Aplaudimos a los sanitarios, también a las fuerzas de seguridad, a los transportistas, en definitiva a todos los que valoramos cuando los necesitamos y olvidamos cuando vivimos en normalidad. Hecho de menos los aplausos para nuestros abuelos, esos que mueren por cientos cada día y que se han dejado la vida para sacarnos adelante, los mismos que han puesto sus ahorros a nuestra disposición en tiempos de necesidad, esos abuelos a los que algunos plantean abandonar al final de sus vidas para dar prioridad a otras personas más jóvenes que también sufren la enfermedad. 

Hemos de elegir y disponemos de sus vidas para salvar las nuestras. El silencio se impone ante tan magna injusticia. ¿Y entre los jóvenes, como lo hacemos? ¿ Salvamos a los más guapos,a los más formados, a los más ricos? Un enfermo es un enfermo y debe depender de su entrada en el hospital, decidir quitar un tratamiento a un anciano para dárselo a otro paciente, condenándolo a muerte es de una crueldad propia de los nazis de los años cuarenta y recuerda a las cámaras de gas que aquellos genocidas ponían en marcha para su limpieza étnica. Los que esto proponen tendrán sobre su conciencia para siempre el haber eliminado a quienes dieron su vida por ellos mismos. 

El colmo de la ingratitud y de la falta de humanidad. Se les quita la posibilidad de vivir, les robamos la vida, mucha o poca que les quede y, para mayor ultraje, sabemos que esos ancianos que nos trajeron hasta aquí, darían su vida generosamente por salvar la nuestra. Ya lo han hecho en muchas ocasiones. Con ellos se va su sabiduría, su experiencia y su inagotable bondad y además se van solos, sin una flor que los recuerde. Y yo me rebelo contra esta injusticia, contra el silencio cómplice, contra los que hacen chistes de lo que nos ahorraremos en sus pensiones. 

Cuanto mejor lo hicieron ellos que nosotros, qué mundo nos legaron y de qué mundo los expulsamos y nuestros hijos, ¿qué valores heredarán?. Si recorremos este camino, ¿quien impondrá en el futuro otros criterios de prioridad para seleccionar a los elegidos? ¿Será por edad,quizá por belleza o también por ideologías? Que esta crisis puede sacar lo mejor de nosotros mismos no lo dudo, pero también lo peor. Desconozco si estas acciones se han protocolarizado, si los consejos de que los ancianos permanezcan en sus casas y no vayan al centro hospitalario son bien intencionados o son la máxima expresión de nuestro egoísmo pero me tengo que volver a rebelar porque no acepto que condenen a un abuelo para salvar mi vida. Es curioso lo que repugnan las imágenes que todos hemos visto alguna vez de ancianos maltratados en residencias de mayores y ver ahora la naturalidad con la que algunos aceptan y proponen disponer de vida ajena en propio beneficio. 

Nuestros abuelos nos han contado apasionantes historias de su vida, éxitos, dolor, sufrimiento, guerras y batallas que libraron en vida pensando solo en sus hijos y nietos. Y nosotros, ¿qué vamos a contar? Quizá que perdimos la memoria, que vendimos nuestros principios o que fuimos muy valientes porque jugábamos en la calle. Quizá que vivimos con mucha política y poca humanidad, recuerden entonces a Voltaire:”la política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”.

Nuestros abuelos