ADIÓS A RAFAEL MUNOA

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Acabo de enterarme de que Rafael Munoa ha muerto en su Bella Easo natal de azules, rojos y grises. A la sombra de La Concha. Entre espumas, oleajes vivos y celofanes de lluvia menuda tiñendo sus calles de festivales cinematográficos y de jazz. Un retrato de pintura naif en el primitivismo y sencillez costera de casas asomadas al mar para vigilar sus embarcaciones. Pena ante quien ha partido dejándonos el dolor de la ausencia en una memoria inesperada.

Aparte de creador, investigador, polifacético y erudito artista, Rafael Munoa era un vasco muy vasco fuera de ciudadanos del mundo. Un “chistulari” –camisa blanca, chapela y pañuelo anudado al cuello– que enviaba latidos de corazón. O el San Serenín valleinclanesco que con “el ave y la flecha y la piedra son en el aire Eternidad”. Un hombre bueno por excelencia, cabalgando destino homérico para escribir “Enciclopedia de la plata española y virreinal americana”. Como inocente criatura de Dios sabía de antigüedades, comprensión desbordada y libertad sin vanidades ni oropeles.

Cuando el “hasta luego” nubla mis ojos, suspiro nostálgico por la futura Navidad 2012, donde ya no recibiré su felicitación pascual con la familia de Nazaret dibujada con recóndita humildad franciscana. Me niego a admitir que arrinconaré su memoria. Nada muere en el alma cuando la vida se va, pues esa existencia pervive con la mía y así conviviremos juntos. Delirio de flores en camposanto que, recuerda la triste copla, parecen llorar cuando son rosas de explosiva alegría por haber estado al lado nuestro y, ahora, marchar con las manos llenas al pesebre de Belén.

ADIÓS A RAFAEL MUNOA