La campaña de la omnipotencia

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Ir de “sobrao” por la vida es un peligro grandísimo, y permítaseme la expresión coloquial con que empiezo este artículo. A veces lo que les ocurre a quienes confían demasiado en su capacidad y en su fuerza, es que pueden caer en la temeridad; lo que les acarrea graves disgustos. Cuando se emprende una empresa, hay que ser prudente hasta en el nombre, sin presumir que el éxito pueda estar garantizado. La Historia está llena de ejemplos de este tipo de imprudencias: uno de los más sonados fue nuestra famosa Armada Invencible, la que organizó Felipe II y que ya sabemos cómo acabó. Otro ejemplo es el del Titanic, el súper buque insumergible que terminó en el fondo del Océano. Pero no faltan precedentes como la llamada Campaña de la Omnipotencia que organizó el  Califa de Córdoba, Abd al-Rhaman III, contra el pequeño Reino de León el año 939. Diez años antes, el 929, este tercer Abd al- Rhaman había proclamado el Califato en la Capital de la España Musulmana; o sea se había convertido en la máxima autoridad político religiosa de Al-Andalus, dejando de reconocer cualquier autoridad foránea, como hacían sus antecesores, los emires. La verdad es que ya empezaba a haber califas por todas partes, y los de Bagdad cada vez pintaban menos.
En cambio el Califato de Córdoba se había convertido en uno de los Estados más poderosos e influyentes del Islam, también de los más ricos. Una especie de primer mundo que nuestro Abd al-Rahman gobernó de forma brillante y exitosa. El único problema grave con que se encontró fue con el descaro y la agresividad del rey Ramiro II de León, un peleón de cuidado, que capitaneaba la resistencia en el Norte de los cristianos, incluyendo la naciente Castilla de Fernán González, los vascones de Álava, el Reino de Navarra e, incluso, algún jefe hispano-musulmán, como el de Zaragoza.
El año 933 Ramiro había conseguido derrotar a un contingente cordobés en Osma y el Califa se lo tomó muy a mal, durante varias campañas castigó al rey de León y a sus aliados, destruyó castillos y monasterios e hizo valer su enorme superioridad. Pero los cristianos del Norte llevaban ya doscientos años resistiendo las acometidas musulmanas y eran difíciles  de doblegar. Entonces Abd al-Rahman decidió acabar de raíz con el problema y organizó una enorme campaña, con todos los recursos a su alcance, a la que llamó “La Campaña de la Omnipotencia”. Ni que decir tiene que aquello acabó como el rosario de la aurora, fue un fracaso, una derrota inesperada, amarga y dolorosa para los musulmanes, que siguieron siendo mucho más fuertes pero también más prudentes. Por lo menos hasta que llegó Almanzor, pero esa ya es otra historia.
 

La campaña de la omnipotencia