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Ay, amor, cuántas cosas han pasado desde que empecé a publicar este espacio en el Diario hace hoy cien semanas. Cuántas… Muchas.
  Un frío sol de invierno ilumina el paisaje, hecho a base de mil formas y colores, y no paro de decirte: Mira eso. Los dos vemos muchas fotos. Juntos tenemos muchas pero sólo unas pocas hechas con una cámara. Caminamos por la playa mientras el sol se esconde tras el telón, cada uno consigo mismo, esquivando la espuma. Al llegar a cien entregas siento la necesidad de decir muchas cosas, pero sólo diré algunas. Cuando la primera entrega de ferroles salió publicada en  Diario de Ferrol, en enero de 2012, no estaba seguro de ser capaz de poder escribir la segunda. De repente estaba en mi estudio reconvertido en vivienda, en la Rúa Nova de Compostela, con las habitaciones tomadas por cajas llenas de ropa, discos, libros, y recuerdos, tratando de no romperme en mil pedacitos. Entonces apenas podía dormir, no tenía apetito, y no encontraba la forma de salir adelante. Pasé mucho tiempo solo, días enteros sin hablar con nadie, cumpliendo únicamente con el ritual de escribir este espacio semanalmente. A los pocos meses parte de mi mundo interior protagonizaba casi todas las historias que domingo a domingo aparecían publicadas. De vez en cuando me alejaba intencionadamente del objetivo con artículos de crítica pura y dura, y con el tiempo aquel espacio comenzó a tener cierta continuidad de novela, con unos personajes, una estructura, y una senda misteriosa. Algunos de los artículos escandalizaron a alguna gente y otros emocionaron a algunas personas. Lo que sí me sorprende es la cantidad de lectoras y lectores que lo siguen, quizás porque yo soy muy de pensar: No lo lee nadie.  En este tiempo han ocurrido muchas cosas y el espacio del que dispongo es reducido y no quiero quedarme sin caracteres sin deciros que os estoy muy agradecido. De regreso de la playa, caminando hacia el coche, nos encontramos un caballo que se nos quedó mirando y nos dijo cosas. Apenas había luz y sus ojos y los nuestros brillaban al final de una tarde azul.

 

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