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Ni honradas ni putas

l pasado día 25 de noviembre se celebró el día internacional contra la violencia de género. Se celebraron múltiples actos, manifestaciones, concentraciones, símbolos, pancartas…. Todos recordando a las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas, así como niños y niñas víctimas inocentes de mentes perversas, en un devenir inasumible por una sociedad que quiere o pretende ser civilizada. El día quedó en las retinas pero se desvanecerá con otras noticias. 
No cabe duda de que es bueno recordar, protestar y levantar conciencias de que la violencia de género está en todas las facetas de la vida. Los gestos, las actitudes, las formas de mirar a las mujeres, juzgándolas por su comportamiento, su atuendo o definiéndolas como feminazis. En fin, que a pesar de una legislación en igualdad, de una protección contra la violencia de género, la sociedad no adopta comportamientos igualitarios entre hombres y mujeres. Y aquí no solo los varones son culpables de no progresar sino también las mujeres. Las actitudes hacia el sexo femenino han estado siempre relacionadas con la moral imperante en la sociedad. En estos últimos años hemos sido testigos de múltiples cambios dirigidos a la consecución de modelos más igualitarios entre hombres y mujeres. Sin embargo, se siguen evidenciando creencias machistas que llevan a actitudes sexuales más restrictivas para las mujeres que para los hombres. 
Castañeda en el año 2002 definió el machismo como el conjunto de creencias, actitudes y conductas que ponen de manifiesto la superioridad del hombre sobre la mujer. Se trata, dice, de un concepto similar al sexismo clásico. La manifestación del machismo está relacionada con la educación social tradicional de los hombres, que los sitúa en una posición de ventaja al reducir la libertad de decisión de la mujer. Los principales motivos para tener relaciones sexuales en la mujer es querer mostrar afecto y expresar amor, pero los hombres son más propensos a tener relaciones sexuales ante la ocasión y con una persona dispuesta. De ahí que la prostitución femenina sea un negocio rentable. Forma parte del consciente colectivo que observa y acepta con normalidad el hecho de que los hombres, por diversas razones, sean consumidores de este producto. Algunos por la idea de dominación de la mujer y poder realizar o llevar a cabo fantasías sexuales que con otras mujeres (“las honradas”) no podría o no se atrevería a plantear. Otros como iniciación, los ocasionales, los que van porque “los llevan”, porque van sus amigos y se ven en el sitio “sin querer”. Los que van a tomar una copa porque son locales abiertos hasta altas horas de la madrugada. Los que carecen de capacidad para relacionarse o conquistar a una mujer y pagan por sexo. Al fin y al cabo son “putas”. Esta distinción se ve como normal, como cotidiana y no nos planteamos que forma parte también de la violencia de género. La violencia sexual está íntimamente relacionada. Forma parte de ella. De hecho, las parejas víctimas de violencia, que acuden a los juzgados, en la mayoría de los casos cuentan que su pareja o marido, tenía relaciones sexuales según su apetencia sexual y como forma de dominación. 
Ni honradas ni putas. La violencia no se debe a rasgos singulares y patológicos de una serie de individuos, sino que tiene rasgos estructurales de una forma cultural de definir las identidades y las relaciones entre los hombres y las mujeres. 
Y esto está arraigado en la sociedad, de tal manera, que contemplamos con estupor como la Justicia sigue aplicando estos parámetros desiguales, declarando que es abuso sexual cuando la mujer no ha mostrado signos de rechazo físico, porque no consta una negativa explicita o porque simplemente paseaba a altas horas por zonas oscuras. Vamos, que ella misma se estaba buscando el problema. Es decir, que de una forma u otra se está justificando que la necesidad sexual del varón es un valor superior a respetar ¡¡Avancemos por favor!!
Emma González es abogada

Ni honradas ni putas

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