Un papa en La Habana

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Es sin duda un viaje tan impredecible como crucial. Crucial para la diplomacia vaticana, crucial para los nuevos tiempos, tímidos aún, del deshielo entre EEUU y Cuba. Nadie ha ocultado el protagonismo y el papel, siempre discreto y en la sombra, que ha tenido el Vaticano en esta nueva etapa que despierta tanta ilusión como simultáneamente incertidumbre. Muchos creen que todo seguirá igual después de esta visita. Como acaeció con la de Wojtyla en 1998 y posteriormente la visita papal de Ratzinger. Mas las condiciones y circunstancias en aquellos momentos son distintas a la actual. Pero Bergoglio es latinoamericano y eso en la isla se percibe de un modo especial, cercano. Para los cubanos es un héroe. No han faltado fotos icónicas rodeando al Papa argentino de otro argentino y un cubano, los héroes de la revolución que jalonan la iconografía emblemática de la misma Plaza donde se celebrará una multitudinaria celebración eucarística. Nada se deja al azar ni a la improvisación.
¿Qué cambiará en Cuba? Sólo el tiempo y los distintos pasos que se vayan dando, y la Habana es quién medirá esos tiempos y esos pasos de momento, lo dirán. Nada se precipitará, al contrario, mas eso sí, siempre que el control sigue siendo y estando donde siempre ha estado en estos años. Diecisiete años atrás el Papa del este gritó al mundo aquello de que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba. Dos décadas después aquellas palabras proféticas pero ignotas cobran cada vez más protagonismo.
Es al mismo tiempo un viaje complejo a priori donde cada palabra, cada gesto y cada reunión tendrá un sentido, una interpretación, un argumentario diferente. Bergoglio es un Papa que dice lo que piensa. Será claro, no necesitará ni metáforas ni alambicadas frases. Lo ha anunciado. Su viaje es el de un misionero de la misericordia. Su lema y emblema, su pontificado. Simbolismo y emotividad ante un pueblo que se dice en sus tres quintas partes católico de bautizo, sincrético en su fe, y apenas practicante ante un catolicismo sumamente débil y exangüe frente a otro ritos, especialmente el yoruba. Para muchos este viaje será el testimonio de un aire fresco y puro ante una aparente normalidad que todavía no ha llegado ni eclosionado y que deberá ir poco a poco instalándose en la sociedad cubana. Ineludiblemente el significado de este viaje no será religioso sino político y social. Por mucho que algunos lo han denominado milagro. No ha habido aún milagro y probablemente no lo habrá, lo que tenga que suceder el tiempo lo dirá y lo dictará. Este Papa igual que hicieron los dos predecesores anteriores criticaran el embargo que hoy a priori se diluye pero que aún no ha concluido en una obstinada y equivocada estrategia norteamericana que no ha servido para nada pero sí de coartada a un lado y a otro.  También pedirá humanidad y apertura a un régimen que cerró con candado la libertad hace cinco décadas y aún tiene esa llave. 
El mensajero misionero de la paz y la esperanza de la apertura ha viajado a Cuba y continuará a Estados Unidos. No cabe más simbolismo, pero también sus palabras como líder serán escuchadas por quiénes han sido y sentido como enemigos durante demasiadas décadas.

Un papa en La Habana