¿Prestar o no prestar? he ahí la cuestión

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Hace unos días me regaló Ramón un libro sobre cuentos basados en el teatro de Shakespeare, porque sabe que me gustan el cine y el teatro por igual. Tanto monta, monta tanto. No les voy a contar a ustedes en este momento quién es Ramón, en todo caso, un gran amigo de mi padre. Pero Ramón, ya queda dicho, regala libros. O sea, no los presta, los regala, y aquí está el meollo de lo que quiero contarles. 

A mi no me gusta que me presten libros y mucho menos que me los pidan prestados, eso ya, de ninguna manera. Por varios motivos: lo primero porque “quien presta un libro pierde un amigo”. Y el libro también, al paso. Mi amiga Maria se quedó hace diecisiete años -sí, llevo la cuenta, ¿qué pasa?- mi ejemplar de “El misterio del cuarto amarillo” y todavía es mi amiga porque lo nuestro viene desde la infancia, que si no... Lo segundo, porque me encanta tener la posesión del objeto. No por fetichismo, sino porque mientras lo lees creas una historia vinculante entre tú y él y es una bajón tremendo tener luego que separaros para devolvérselo a su -legítimo por otra parte- dueño. Del préstamo bajo biblioteca ya ni hablemos porque eso está sobado por tantas manos que no es que ya no sea virgen, sino que está corrompido en cada pagina. Al final lo del fetichismo he dicho que no, pero va a ser que sí... 

Mi libro es mío y de ninguna otra persona. Además, en mi caso, todos los que mis padres me regalan vienen dedicados. ¿Cómo voy a dejar yo que esos tomos caigan en otras manos que puedan olisquear los sentimientos manuscritos en la página de cortesía? Me parece de una falta de pudor tal, que no quiero ni pensarlo. 

Aprovecho pues estas fechas en las que vamos a intercambiar tantos paquetes con ilusiones dentro, para recomendar que regalen libros y sobre todo para eso, para que los regalen. Nada de prestarlos, nada. Se regalan y asunto resuelto. Mucho más de agradecer, además, donde va a parar... 

¿Prestar o no prestar? he ahí la cuestión