La conciencia insoportable de sentirse puta (I)

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sta semana se suicida una mujer después de que un video de contenido sexual se difundiera por las redes. Se trataba de una grabación realizada hace tiempo con una pareja distinta a la actual y que, por razones aún no aclaradas, fue difundida masivamente. Hasta el punto de que algunos trabajadores, varones, acudían al puesto de trabajo para observar el aspecto físico de la chica. No pudo soportarlo y se quitó la vida. Con dos hijos y un marido, incapaz, seguramente, de comprender la situación. Con independencia del delito cometido, que bien pudiera ser el de la inducción al suicidio. Con independencia de si la grabación es o no autorizada, o la distinta pena entre quien lo graba y quien lo difunde, es lo cierto, que aún estamos lejos de llegar a la igualdad entre hombres y mujeres. De ahí que el torero Fran Rivera dijera que “siendo mujer hay que aprender a no grabarse”. Siendo hombres (y machotes), lo normal es enseñarlo a compañeros y presumir del evento.
Esta es la cuestión, ¿en qué momento un hombre que tiene una grabación practicando sexo presume de la hazaña y una mujer debe avergonzarse? ¿Porque determinados comportamientos constituyen un mérito para el hombre y una vergüenza para la mujer? Pues porque aún perviven las reminiscencias machistas donde el sexo está bien visto para el hombre, pero no es así si se trata de una mujer. Sin embargo, hay hombres que si tuvieran ese video no lo difundirían y se indignarían por el comportamiento de sus congéneres. También hay mujeres cuyo pensamiento es acorde al masculino. Y es que el hecho de ser hombre o mujer no potencia ni elimina los sentimientos y tendencias machistas.
Este tipo de cuestiones son ínsitas al subconsciente. Forman parte de lo aprendido y arrastrado hace cientos de años, donde el sexo es propio de varones. De ahí que los prostíbulos, lupanares, o casas de putas, son de varones y sigue siendo un negocio lucrativo. El sexo siempre fue penalizado en la mujer. Las prostitutas romanas no eran perseguidas por la ley, pero no podían casarse con romanos libres, no podían redactar testamento ni recibir herencias. El sistema legal las dejaba tranquilas: no entraba a juzgarlas moralmente y no las castigaba porque no violaban la ley, pero su libertinaje sexual les suponía cierta deshonra, aunque a mediados del siglo I d.C., sus servicios comenzaron a ser gravados, de manera que tenían que pagar una tasa. El sexo de pago en burdeles oficiales, a finales de la Edad Media, fue permitido por dos razones: la tendencia al retraso en la edad matrimonial de los varones y el aumento de la violencia sexual en las ciudades. Es decir, la consideración del sexo en el hombre como un estado de necesidad. No es hasta el siglo XV cuando se cierran este tipo de mancebías. Ello supuso el fin de la permisividad y el inicio de una larga etapa de represión que derivaría en una absoluta falta de control de este tipo de actividades y de su caída en las redes de la sordidez y la delincuencia.

La conciencia insoportable de sentirse puta (I)