¡Oh España!

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Es la exclamación que muchos pronunciamos en estos momentos y también el título de un libro del ya fallecido hispanista francés Jean Descola.
Un libro, entre otros muchos, devorado en las largas travesías del Atlántico. En aquellos años ochenta del siglo pasado, las precarias condiciones de navegación eran compensadas con la lectura de autores extranjeros, difíciles de encontrar. Una oportunidad, poco frecuente, de ver otros puntos de vista objetivos, unas páginas de historia distinta y más allá de la oficialmente establecida.
El siglo XIX y gran parte del XX, traen el recuerdo de comportamientos poco éticos. Ahora parecen repetirse, pero afortunadamente estamos en una situación social muy distinta con instituciones consolidadas, fuertes y abiertas. 
Nos asombra el porcentaje de corrupción que salta a la luz. Corrupción que no conoce ideas, políticas o geografía. 
El último caso del expresidente Madrileño, las andanzas del clan familiar “muy honorable” el 3% de los “salvadores de la patria sometida” los famosos ERES de Andalucía, Los concursos públicos amañados para hermanos, etc. Son protagonistas en los medios.
La mala práctica parlamentaria y falta de principios, vuelve a dejarse ver por el Congreso de la mano del más rancio populismo que en vez de “hacer país” en cuestiones fundamentales, dificulta la acción de gobierno sistemáticamente. Tumbar el decreto ley de la reforma de la estiba, que provoca una cuantiosa sanción de la UE y una seria pérdida de competitividad de nuestros puertos es un claro ejemplo. La propuesta de una moción de censura en estos delicados momentos no se queda atrás.
 En la actual paranoia secesionista conviene analizar datos objetivos. La de ahora es la cuarta intentona después de las de 1.873, en la débil Primera República, además de las de 1931 y 1.934 ya en la Segunda. Hay siempre un denominador común: aprovechar grandes crisis, con gobiernos debilitados, para lograr que “unos pocos se impongan a unos muchos”
Un estudio de la propia Generalitat, refleja que solo un 14% de la población se siente exclusivamente independentista. Esto después de décadas manipulado la opinión pública, mediante la prensa cautiva por su financiación; tergiversando la historia y hasta la propia enseñanza primaria y secundaria, fundamental en cuanto a la formación del individuo en una sociedad avanzada. 
Lo descrito, aun pareciendo de suma gravedad, no deja de tener su punto de vista positivo.
La corrupción es condición humana, ha existido, existe y existirá, aquí o en cualquier otro Estado. El hecho de que salga a la luz, independientemente del círculo en que se produzca no deja de ser una prueba de que la justicia y demás organismos públicos funcionan. No olvidemos la famosa reflexión: no le pida al individuo que no robe, impídaselo. 
Siempre necesitaremos aparato judicial y policial. Perseguir la delincuencia, dificulta su práctica, infunde miedo al que la ejerce y la reduce a unos porcentajes mínimos pero inevitables.
La mala práctica parlamentaria o los “iluminados salva patrias”, también existieron, existen y seguirán. El hecho de que individuos rozando la ilegalidad o tocándola de lleno, puedan expresarse y defenderse con los medios puestos a su disposición por el propio sistema que quieren dinamitar, no deja de ser un reflejo de una sociedad tolerante que respeta escrupulosamente las ideas de las personas. También este mismo sistema que disfrutamos acabará poniendo a cada uno en su sitio y aplicando la administración de Justicia con todo el peso de la Ley.
Estamos superando, una de los peores momentos de nuestra historia reciente. Después de una década el producto interior bruto del país se recupera, el crecimiento económico es de un increíble 0,8% al trimestre y logramos contener el déficit de nuestro aparato político y administrativo. Y todo esto basado, en el cambio e incremento de nuestro sistema productivo y las exportaciones, tanto de bienes como de tecnología, dejando a un lado “el fácil pan de hoy y hambre de mañana” que suponía “el ladrillo” y el crédito basura. 
Si algún día logramos que nuestra clase política afronte, seriamente, la reforma de la Administración Publica, se abrirá un mundo nuevo a los emprendedores, autónomos y negocios, lastrados ahora por la burocracia y un sistema impositivo medieval, que reducirá el porcentaje de desempleo, precariedad laboral y desigualdad social, que ahora mismo pesan como una losa para que sigamos exclamando: ¡Oh España! 
 

¡Oh España!