Suevos y visigodos

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Cuentan las viejas crónicas, entre otras las que escribió San Isidoro de Sevilla, que los suevos entraron en Galicia a sangre y fuego, haciéndolas pasar canutas a los galaico-romanos que por entonces, principios del siglo V, habitaban el territorio. Después de 1500 años todavía se oyen las quejas del pobre Idacio, vecino de la ciudad de Chaves, que también escribió sobre la llegada de los suevos. Él se quedó para verlo y ayudar a sus vecinos, otros tuvieron que salir por piernas, como Paulo Orosio que embarcó en las costas gallegas y llegó hasta el Norte de África, por entonces también dominio romano. Era tiempo de invasiones y al famoso Imperio le quedaba menos de un telediario, por lo menos en Occidente. Los susodichos suevos que habían roto la frontera o limes del Rhin y recorrido toda la Galia, lo que hoy es Francia, no llegaron solos a Hispania, que pese a quien pese ya existía; con ellos vinieron vándalos y alanos. Total una tropa de cuidado, que buscaba un sitio para vivir, huyendo de las frías y duras tierras del Norte de Europa.
En Galicia había un poco de todo: ártrabos, baedios, caporos, cilimios, helenos, grovios y, a más al Este, albiones, seurros y lemavos, de origen incierto, indoeuropeo y céltico, que los romanos habían intentado civilizar con relativo éxito. La mayoría ya habían bajado de los castros y vivían en ciudades y villas; además ya estaban medio cristianizados. El caso es que lo de los suevos fue un palo, aunque lo peor acabó siendo que las autoridades romanas abandonaran el campo; eso sirvió para que los autóctonos recuperaran algo de su idiosincrasia, pero también para que los germanos les expoliaran y acabaran dejando su huella étnica y lingüística. La cosa no había hecho más que empezar, a Galicia como al resto de Hispania, le esperaban unas cuantas ocupaciones más, por parte de  pueblos de distinto origen y condición. Es verdad que, para alivio de los galaicos, otros invasores germanos como los vándalos, se acabaron yendo de la Península, no sin dejar el recuerdo de su brutalidad. Pero a cambio llegaron los visigodos, en plan ordeno y mando, para unificar la Península, hasta convertirla en un importante Reino. El ya citado San Isidoro de Sevilla, a finales del siglo VI, se hacía lenguas de “la Feliz Hispania, la más hermosa de todas las tierras” Se da la circunstancia de que los visigodos habían entrado por Barcino, la actual Barcelona, donde se instalaron cuando los echaron los francos de la Galia, y avanzando hasta Toledo, acabaron por apoderarse, como ya he dicho, de toda la Península. Así se escribe la Historia y conviene repasarla, ahora que hay tanta confusión. Prometo seguir haciéndolo, pues lo nuestro viene de lejos.

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