Egoísmo

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La semana pasada fui tres veces al cine a ver una película. No vayan ustedes a pensar que soy un cinéfilo empedernido. Lo cierto es que llevaba, por diversas razones, mucho tiempo sin pisar una sala. Y la verdad es que me he quedado con pocas ganas de volver. No es que las películas que haya ido a ver me decepcionaran de gran manera. Digamos que en ese aspecto fueron correctas e incluso alguna algo sorprendente. Por ese lado no tengo queja alguna. No puedo decir lo mismo del resto de personas que me acompañaban en la proyección, que demostraron en cada una de las películas una sorprendente falta de educación y un gran egoísmo, no dándose cuenta en ningún momento de algo fundamental. Y es que no estaban en el salón de su casa sino en un cine rodeados de desconocidos. Tengo que reconocer que soy bastante quisquilloso a la hora de ver una película. Puedo entender que haya gente que disfrute de su cubo de palomitas de maíz para ver la sesión de turno. Pero me parece que se está llegando a unos extremos ya ridículos cuando veo entrar en la sala a gente cargada de bolsas con todo tipo de aperitivos y golosinas que se han comprado en el supermercado más cercano. Si a los ruidos continuos de bolsas abriéndose y cerrándose le añadimos una verborrea compulsiva que parece obligarles a comentar con el compañero de al lado el más mínimo detalle, uno al final se ve expulsado fuera de la película, sin poder centrarse en lo que sucede en la pantalla. Cuando otro espectador, con menos paciencia que yo les acabó recriminando su actuación a estos “espectadores”, aun tuvieron el valor de enfrentarse con él diciendo poco más o menos que iban a hacer lo que les diera la gana y tratando de loco a su acusador. Lo triste del asunto es que una escena similar ya la viví hace no tanto en otra proyección. Una de las personas que me acompañaba a la salida de la película se mostraba triste por la falta de educación que cada vez impera más en el cine, pero recapacitando sobre el asunto pienso que tal vez no es tanto educación como un egoísmo fuera de orden. Ya no importa nada más que el propio goce y entendemos como una ofensa aquellos que nos señalan que nuestro comportamiento puede resultar molesto a los que nos rodean. Lo que importa es que yo me lo pase bien. Y eso es más triste todavía que la falta de educación.

 

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