Los tramposos

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Televisión Española tuvo el buen gusto de emitir “Los tramposos”. Fue justo después de una de las eliminatorias de esa entrañable marcianada que atiende al nombre de Festival de Eurovisión, y había quedado en el aire, flotando sobre la caspa, la insólita imagen de la representante de Austria cantando en francés y la muy inquietante de un ballet transubstanciado en grupo de fugitivos de la guerra. Refugiados, los llaman, pese a no haberles proporcionado Europa refugio alguno. Al niño Osman, sí, pero eso gracias a la bondad activa de los bomberos.
Pero a lo que iba, La 2 tuvo el buen gusto de emitir “Los tramposos”, la excelente película de un Lazaga que se ve que agotó en ella todo su talento cinematográfico, quedándose sin ninguno para las siguientes, que fueron muchas. Pero “Los tramposos” es una película maravillosa, y aunque se ha pasado muchas veces por televisión, nunca tan al pelo, tan actual, tan alusiva a la desatada golfería de los ricos nacionales.
¿Qué decir de Tony Leblanc, Antonio Ozores y Venancio Muro, humildes hijos del pueblo de Madrid devenidos en inocuos pillos para sobrevivir en la corrupción total de la dictadura franquista? Los espectadores de esa joya del cine, los que no robamos, ni nos inventamos empresas para eludir impuestos, ni dejamos que otros lo hagan por nosotros como, al parecer, Arias y Duato, nos fascinamos con Leblanc, con Ozores, con Muro, con el soberbio Rodero que hace de rico de hoy en día, con Conchita Velasco y Laurita Valenzuela, con el brutal, elenco de los secundarios que desfilan por la película tratando de sobrevivir igualmente a la de los tramposos, de los inicuos, de los de traje y despacho, de los que llevan siglos saqueando el país.

Los tramposos