No, nos molestáis

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No, no nos molestáis, tampoco nos dais miedo, no más nos daréis. El presidente catalán se empeña en subir el desafío a terreno dialéctico, aunque ignora lo que es la dialéctica buena. No es un retórico, sino un demagogo. Un populista empeñado en estar en los medios día sí, día también. El desafío catalán sigue instalado en su coreografía mediática. Y éstos se prestan. No sobrevivirían los unos sin los otros. Para eso están las subvenciones y las ayudas públicas. Lástima del abuso de lo público concebido como dádivas y fidelidades o silencios. Todavía resuena aquella editorial conjunta de once rotativos catalanes a propósito del Estatut. Un esperpento. Lo uno y lo otro. Pero este es país frágil, amnésico. 
De nada sirve ya elevar el tono y apelar al diálogo. No se dialoga con quién no quiere dialogar. No se transige con quién quiere romper la igualdad. Aunque en esto hay mucho por hablar, porque en 1978 se repartieron distintas barajas, en lo político, lo económico y lo permitido. Café desigual. Brutalmente desigual. Viejos lodos. Hoy presentes. Nadie agradece nada. Y hemos visto cuál es la gratitud de algunos, el victimismo, el revisionismo histórico y la reescritura interesada de su propia historia, su presente y futuro. Llega demasiado tarde el gobierno central pidiendo que la sociedad se movilice. El entuerto lo han hecho ellos, los políticos, los actuales y los pasados, por desidia y pasividad, por permisividad e interés de partido y de gobernabilidad. Llueve sobre viejo. Pero nadie quiere hacer memoria. De la lengua castellana, de los símbolos, de la bandera, del desprecio hacia España, mejor no hablar. Hacer lo que hicieron desde Madrid, cambiar de tema.
El monumental desafío catalán no puede resolverse desde el individualismo. No sabemos si tiene fácil acomodo. Algunos pedantes posibilistas prefieren llamarle encaje. Encaje constitucional. Pero las costuras de esta Constitución no dan más de sí. Ya lo dijo un expresidente vasco, el traje viejo ya no encaja ni vale para las nuevas medidas. Eran otros tiempos. Todavía la banda asesina, esa que hemos amnistiado con nuestra amnesia voluntaria, asesinaba y extorsionaba. Nadie dialoga con quién no está dispuesto a dialogar o exigir lo que no se puede dar. Nadie es más sordo que quién escuchando se empeña en no escuchar. Y esta lección la hemos aprendido todos. 
No solo el presidente del Gobierno está ante uno de los retos más complejos, ásperos y de difícil y complejísima resolución. No sabe como afrontarlo, porque probablemente nadie quiere afrontarlo haciendo cumplir la ley. Pues no solo se cumple la ley, hay que hacerla cumplir, y parece que esto cuesta. Nadie quiere ponerle el cascabel al infladísimo y oportunista secesionismo catalán. La actitud entre chulesca y desafiante hasta el extremo de quiénes desde la ilegalidad absoluta pero desde el descaro más manifiesto quieren iniciar la vía independentista aun sin respaldo de la mayoría de la sociedad catalana solo puede ser respondida desde la serenidad, la inteligencia y el consenso de quiénes verdaderamente creen y vertebran la democracia y sus valores. Y esto sólo es viable desde el sentido de Estado y el compromiso con los valores constitucionales, los de 1978, pues de momento otros no hay por mucho que los vientos de reformar constitucional avizoren y se enmudezcan en el tiempo paralelamente. 

 

No, nos molestáis