Crítica y lealtad

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Los conceptos de crítica y lealtad sólo pueden ser examinados y analizados donde no rijan los principios de disciplina y obediencia jerárquica.
Hecha la anterior salvedad, es evidente que, tanto en el ámbito civil como en el político, tienen una gran importancia.
En efecto, si no hay libertad, es imposible la crítica y si no hay crítica, carece de sentido hablar de lealtad.
Si la crítica se sustituye por el aplauso y el halago, la lealtad se convierte en servilismo y éste, como es sabido, vive y se nutre de la adulación. Agradar al jefe o al superior se convierte en el principal mérito para mejorar, ascender y prosperar.
De lo anterior se desprende que la sumisión y la obediencia a ciegas son los mayores enemigos de la crítica y de la lealtad y sirven para fomentar el culto a la personalidad.
Si se supervalora el “ego” se cae en el “egoísmo” y éste se satisface con la complacencia que le prodigan y recibe de los demás. Ante esa situación, es fácil que se desarrolle la soberbia y autosuficiencia en quienes se ven favorecidos por esos halagos y lisonjas. A este respecto, es categórica la condena de la adulación formulada por Diógenes de Sinope, afirmando que “es preferible la compañía de los cuervos que la de los aduladores, pues aquéllos devoran a los muertos, éstos a los vivos”.
Los que viven del favor incondicional de sus subordinados y colaboradores pierden todo sentido de la realidad y, lo que es peor, son incapaces de hacer autocrítica y, por ello, difícilmente rectifican y corrigen sus errores.
Temen la crítica los que no tienen seguridad en la solidez de sus argumentos, ignorando que “de la discusión nace la luz”.
Tampoco debe negarse la crítica con base en lo que ha sido llamado “despotismo ilustrado”, pues éste, en la práctica, suele tener más visos de despotismo que de ilustrado.
Sólo la crítica libre y desinteresada puede ser leal y objetiva. Ser leales no consiste en ser dóciles y sumisos a las ideas y decisiones de los representantes políticos o de las demás personas que gestionen y dirijan los asuntos públicos o de interés general. 
La lealtad se prueba y acredita mediante el ejercicio solvente y responsable de la crítica. Si se cumplen esos dos requisitos, no cabe distinguir entre crítica positiva o negativa. Esta distinción suele ser interesada y partidista, pues obedece a considerar una u otra según nos convenga, es decir, según sea o no favorable y coincidente con nuestros deseos e intereses.
A la vista de todo lo anterior, podemos concluir que  debemos ser “leales en la crítica” y “críticos leales” como norma general de libre y pacífica convivencia.

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