PRÁCTICAMENTE

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Decíamos ayer (El Ideal Gallego 6 de enero de 2012) que la Academia de la Lengua Española había publicado la última parte de la Nueva Gramática, correspondiente a la fonética y la fonología, que constituye un único manual tan extenso, completo y moderno. Clamaba el presidente, José Manuel Blecua, contra la vulgaridad y la chabacanería del lenguaje ordinario que se utiliza por tantos y tantos que no saben hablar sin las muletillas de “vale” y “tío”. Lamentablemente, lo que podía constituir una excepción del lenguaje de nuestros conciudadanos, se convierte en una forma normal de expresión, debida en gran parte, según confesaba el novelista Antonio Muñoz Molina, a la baja calidad de la enseñanza recibida en la escuela, por culpa de esa separación absurda entre ciencias y letras.

No se puede olvidar que nuestra lengua se habla por más de 400 millones de personas y lamentablemente los españoles somos los que peor tratamos el idioma de Cervantes. Porque no hace falta salir de casa para escuchar a través de la radio y la televisión, o leer la prensa, para apreciar la carencia de versatilidad en el lenguaje, y se nos castiga con palabras, “comadreja” o “muletillas” que se repiten hasta el hartazgo. Baste, por ejemplo, con la palabra “prácticamente” que se regurgita en una y otra garganta, para su uso tan repetitivo que si se trata del “hombre del tiempo”, no dice otra cosa que el cielo está “prácticamente nublado”, o “prácticamente despejado” o “prácticamente cubierto” y así hasta siete veces por siete, sin que ni una sola vez les hubiésemos oído que digan “casi”. Y no digamos del locutor de turno, retransmitiendo un partido de fútbol, en el que empezando por el público asistente que cubre “prácticamente el estadio”, o lo descubre “prácticamente vacío”, e incluso se permiten comentar que “prácticamente” ha sido gol aunque el árbitro lo invalidó.

No nos referimos a una “pataca minuta” como diría Caneda, porque el mal se extiende a unos niveles que superan las olas del mar más tempestuoso; y lo que decimos de aquella palabra, que es correcta en su dicción y en su escritura, podemos extenderlo a tantas otras, que ni son correctas gramaticalmente, ni reflejan, aunque esté bien dicha la idea que se quiere expresar. Pasemos por alto tanto “dijistes”, “comistes” “hablastes”, etc. en boca de universitarios y políticos, maestros y ejecutivos, ricos y pobres, por no decir más.

PRÁCTICAMENTE