Idiotas

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Mucho se escribe hoy sobre el idiotismo y los idiotas. Y es verdad que cuando el río suena agua lleva. Hay quien define al idiota como aquella persona que se obstina en sus errores. 
Así, encontramos entre sus sinónimos hoy en día: inculto, ignorante, cateto, torpe, zopenco, majadero, engreído, petulante, fantasma. Su discurso no nace desde la ignorancia, sino desde el “pozo de su sabiduría”, muchas veces bordeando el ridículo.
El idiota, y todos tenemos una parte de esa condición, no se reconoce. Para Deleuze, el idiota moderno no quiere ninguna evidencia, ninguna verdad. 
El idiota vive de la apariencia, de las televisiones o de los medios de comunicación, son opinadores convulsivos, no pueden parar de hablar. Para un idiota moderno el silencio es aterrador y no da dinero. Un idiota que valora su silencio controla a su vez su idiotez, no la deja ir a más. Se puede convivir siempre con un grado de ella y así controlada; no deja de ser saludable. 
La idiotez que se practica y crece dentro de unos hasta límites insospechados se alía casi siempre con el descuido, con la distracción, con el cansancio. Un idiota controlado es un hombre caminando hacia la sabiduría. Así que el idiota de hoy interpreta o mezcla asuntos privados y públicos. Los opinadores revuelven sus intereses privados como si fueran públicos, y nos quieren hacer ver que eso es lo que nos conviene. Las televisiones, a menudo, dan voz a personas que no tiene interés en lo de todos sino en su propio negocio; son empresas de opinión. 
Para el idiota de hoy no hay asunto que no se pueda abordar en público aunque su opinión sea repetitiva y de poco interés. Un idiota que se reconozca convive en una especie de marginalidad que le permite hacer de su ignorancia un camino, volver a aquel significado griego de individuo, de soledad frente a lo público sin connotaciones despectivas. Lo que pasa es que hoy la idiotez es demasiado persistente y ocupa demasiado espacio, hasta el punto de ahogarnos. Es el triunfo de las series B y por lo tanto del discurso B. Del discurso B como verdad. El idiota, según los antiguos, “se recogía en el silencio”; ahora se aprovecha de él.

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