72 horas

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El trabajo es un privilegio. Lo recuerdan los datos del paro, las leyes que hacen rentable el despido, los amigos que aparecen un día cualquiera con el finiquito en la mano. El miedo al abismo del desempleo compite con el pundonor para llevar a los que se ganan el sueldo a dar todo lo que pueden y un poco más. Para ser los mejores, los más capaces, los más eficientes. No hay margen para el “no me da tiempo”, menos aún para el “no sé hacerlo”. Al principio son unas horas más por la tarde, al acabar la jornada. Algo puntual. Pero pronto la costumbre se hace ley y no vuelven a llegar a casa con luz del día. Después vienen los fines de semana. Solo pasar un momento por la oficina. Y sin darse cuenta una comida familiar es un acontecimiento extraordinario. El teléfono se vuelve un instrumento de tortura. Tintineo incesante de mensajes. Llamadas que significan una sonrisa menos y una arruga más.
No son imprescindibles; apenas una pieza más. Reemplazable en cualquier momento. Pero les han enseñado a cumplir con su obligación. Por encima de todo. Pocos jefes son capaces de resistirse a eso. De no aprovechar la oportunidad de añadir encargos y olvidarse del reloj. Hay que sacar la tarea adelante. O ganarse el puesto. Es lo único que importa. Apenas se paran unos segundos cuando se enteran de una tragedia como la de Moritz Erhardt, el becario de 21 años que se dejó la vida en unas prácticas en Bank of America. Un ataque epiléptico cumplidas 72 horas de trabajo seguidas. Dicen los empleados del banco que las jornadas de 14 horas son habituales. Y son casi el mejor de los casos. El peor, tener el tiempo justo de un cambio de ropa a las siete de la mañana –el taxi espera en la puerta– antes de volver al ordenador después de un día entero de trabajo. Así se forma a los futuros empleados fieles. Sumidos en ese estado cercano a la esclavitud consentida. Los más afortunados, recompensados económicamente. El resto, satisfecho con el deber cumplido.
Los tiburones de la City londinense, sentenciamos con desdén, resguardándonos en los kilómetros que nos separan. Ningún jefe de los que conocemos reconocería jamás que exige a los suyos más de lo que pueden ofrecer. Ningún trabajador marcado con ese sentido enfermizo de la responsabilidad que lleva a las noches en vela y las comidas prescindibles admitiría que está desbordado. Pero sabemos de tantos casos que hemos perdido la cuenta. Queremos creer que ninguno se plantea siquiera la barbaridad de las 72 horas. Que aún hay límites. El espanto ante un caso como el de Moritz Erhardt es más grande al darnos cuenta de que llegado el caso no sabríamos a quién culpar.

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