Ofertas imposibles

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ay ofrecimientos políticos que no son serios, ni siquiera realizables, a menos que una de las partes esté dispuesta a pagar un alto coste en las urnas.  
Nos referimos al “gran” pacto de investidura que los del PP le ofrecieron a última hora a Pedro Sánchez, dicen que lo hacen por bien de España. Pero eso sí, con la condición de que rompa con Iglesias y no negocie con los independentistas catalanes. 
Seguramente un pacto así no sería ni bueno para populares, pues correrían el riesgo de perder otra porción de sus votantes que irían a parar indefectiblemente a Vox. En todo caso, los más perjudicados serían los socialistas porque no podrían seguir presentándose como un partido de izquierdas. 
Los votantes de izquierda nunca le perdonarían a Sánchez ni a su partido que pactaran con otro partido que a su vez hace pactos con uno de extrema derecha. Sería un escenario surrealista. Por otro lado, un arreglo de esas características supondría una subida vertiginosa de Podemos, puesto que los votantes de izquierda desertarían en masa del entorno socialista. Y por último –y no menos importante–, las negociaciones en Cataluña quedarían fuera de la agenda política nacional, lo cual implicaría un aumento de la conflictividad.
Mirando las cosas objetiva y fríamente eso haría que la política nacional entrara en un callejón de difícil salida, situación que nadie que esté en sus cabales desea. Y Sánchez lo sabe. Hasta lo sabe, aunque no lo diga, Felipe González, que dicho sea de paso no simpatiza demasiado con la muchachada de Podemos.
La propuesta de los populares podría ser más o menos creíble si fuera sin condicionamientos, por el “bien de España” como a ellos les gusta decir. Pero no es el caso. Votando la investidura de Sánchez sin pedir nada a cambio, digamos extendiéndole un cheque en blanco, haría que los diputados del PP pudieran tocar el cielo aunque fuera solo por unos minutos, porque proyectarían la ilusión de parecerse un poco a los del partido de Angela Merkel.
Una acción así los llevaría a conseguir más votos en unas futuras elecciones, aunque también es cierto que lo ganado por un lado lo perderían por su derecha, lo cual no les compensa. En todo caso, la gente los hubiera visto caminar hacia la moderación, hacia el centro político como le gusta matizar a Pablo Casado, en suma, aparecerían como algo más homologables con la derecha teutona.
Es muy posible que Soraya Sáenz de Santamaría hubiese deseado un momento así para su partido; hay que reconocer que ella tenía un cierto estilo “merkeliano”, minimalista en la arena política. Pero ella ya no está.
De todos modos, uno no cree ese cuento de que la preocupación por el pacto de Sánchez con Iglesias, de parte de algunos de los mandamases del PP, sea por las causas que ellos esgrimen, sino más bien por el miedo de que los de Podemos formen parte del gobierno y así tengan la oportunidad de limpiar su imagen. Porque con un Podemos pasado por la “lavadora” de la Moncloa ya no tendría sentido el acoso político-mediático en su contra, puesto que dejaría de ser esa suerte de espantajo con el que tratan de asustar a cuatro inocentes.
En todo caso, no es bueno poner condiciones, ni líneas rojas ni cordones sanitarios a nadie, ni siquiera a los de Vox. A fin de cuentas si están en las instituciones es porque alguien los votó. Por otro lado, el país no está para juegos malabares ni para que los políticos actúen con irresponsabilidad. En Cataluña existe un problema político serio que deben resolver los que nos representan, pero uno entiende que tiene que ser en una mesa de diálogo y no con bravuconadas que no conducen a ningún lugar; la “técnica” del avestruz no va a cambiar las realidades ni tampoco hacer que el conflicto desaparezca.
Algunos políticos se niegan a ver lo que está pasando porque no les gusta lo que están viendo, pero eso no significa que lo que ven vaya a desaparecer, seguirá estando ahí, mirándolos a ellos. Por eso es tan importante dialogar. 
Con el diálogo siempre existe la posibilidad de que pueda salir algo positivo. Del conflicto no, lo único que salen son más diferencias, más conflicto. ¡Ay, cuando aprenderemos!

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