¡Misericordia!

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Acabo de leer que la gallega Laura Bugallo debe acudir a responder ante la justicia por ayuda “ilícita” a los inmigrantes, en un tema que viene desde hace cuatro o cinco años.

Actualmente las amenazas por ayudar a “los sin papeles” son mayores debido a la promesa del ministro de Justicia de tipificar penas por ayudar al negrito “sin papeles” que está a la entrada del supermercado, con el que pactamos una compensación (irrisoria) si nos lleva el carro o las bolsas hasta el portal; o si le proponemos a su compañera que acompañe a la abuela mientras vas a trabajar, incluso pueden llegar (si se lo proponen) a llamarte a declarar por tener a una alumna marroquí, o china, asistiendo a las clases, sin haber abonado la matrícula. Me preguntaba un alumno, cuando expusimos el tema de trabajar un seminario sobre “inmigrantes en paro y desahuciados”, qué pasaba con los que entrevistase y eran “sin papeles”. La respuesta fue muy sencilla: nosotros somos periodistas y no policías, cada uno que haga su labor; es de justicia aclarar que los alumnos comprendieron la respuesta y más de uno tomó la decisión personal de comprometerse en acciones futuras muy importantes.

Caminamos hacia un mundo al revés con un grave peligro: montar una sociedad policial en la que unos observen y delaten a los otros.

¿No les recuerda esto algo vigente años atrás?. El método de control social de las dictaduras suele ser: “mira, escucha y delata”; y el ciudadano lo hace por dos motivos principales, el primero ganarse la simpatía del comisario político y obtener a cambio una prebenda (miserable); y segundo, vengarse de algún ciudadano al que odia por cualquier motivo. Nuestros padres nos contaron casos de hijos que, durante el franquismo, delataron a sus padres ¡para vivir libremente!.

No podemos seguir dando pasos hacia una sociedad insolidaria, represiva, y, sospechosamente anormal. Lo normal, lo que pasa desapercibido, lo que esperamos de cualquiera, es que si ve a un necesitado lo ayude, sin pedir mayores explicaciones ni recompensas.

Los individuos (no las instituciones) no maquinan fines grandiosos o perversos cuando invitan a un bocadillo, a entrar a ver un partido de fútbol o a comer a unos niños de la edad de los suyos, sean peruanos, polacos, marroquíes o búlgaros.

Muy distinto es el personaje que, situado en un puesto de poder, favorece a unos cuantos (pueden llegar a ser cientos de ciudadanos) para “comprar” su voluntad, dejarlos amarrados para pasarles, poco después, la factura de su voto, o la compra de una finca a bajo precio. Esto es lo que debe de perseguir la justicia, y no entretenerse y entretenernos desviando la atención al robo de la gallina.

Los que tuvimos que aprender primero, y enseñar después, el catecismo católico (impuesto por la iglesia de Roma) de preguntas y respuestas, todavía recordamos “Las obras de misericordia”. Repentizando y haciendo un esfuerzo recuerdo: “Las obras de misericordia son catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales son estas: La primera enseñar al que no sabe, la segunda dar buen consejo al que lo necesita, la tercera corregir al que hierra, la cuarta perdonar las injurias, la quinta consolar al triste, la sexta sufrir con paciencia los defectos del prójimo y la séptima rogar a Dios por los vivos y muertos.

Las corporales son estas: la primera visitar a los enfermos, la segunda dar de comer al hambriento, la tercera dar de beber al sediento, la cuarta dar posada al peregrino, la quinta vestir al desnudo, la sexta visitar al preso y la séptima enterrar a los muertos. Si nuestro Gobierno arguye, en muchas ocasiones, con razonamientos extraídos del pensamiento y la doctrina católica, que sea coherente y acepte también las obras de misericordia, que mucho mejor nos iría si ampliáramos nuestro círculo a los desfavorecidos y redujésemos las ambiciones a la necesidad de ser feliz con las alegrías de los demás.

 

¡Misericordia!