Un reloj para Los Cantones

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Al pie del Obelisco fue el título de una de mis primeras columnas periodísticas. Como un reloj de bolsillo ciudadano amado por las gentes que pateamos Los Cantones, el Obelisco se alza impertérrito sobre las horas contemplando el fluir de vecinos y visitantes que discurren por su cauce de río vital. Con sus 120 años a cuestas de alegrías y tristezas, zozobras y miedos, serenidades y preocupaciones. Monarquías, república, alzamiento militar, dictadura, democracia… Si apurásemos los testimonios gráficos de estos acontecimientos comparándolos nos sería fácil cotejar la presencia de fervientes correligionarios en las chaquetas nuevas de camisas viejas. El mundo se mantiene rígido y nada parece cambiarlo. Siempre igual, sean tirios o troyanos. Ahora el relojero municipal, Antonio Mallo ha retirado su maquinaria enferma intentando devolver la salud a sus cuatro esferas.
Bajo su ojo cíclope desfilaron, desfilan y desfilarán generaciones a manos de algún cerebro electrolítico, emulando al alcalde Alfonso Molina que alargó su altura un metro, entienda que por aplicación de la memez histórica debería derribarse o dejarlo estropeado y tuerto como catigo de las tribunas instaladas a su vera para asistir a las paradas conmemorativas de victorias franquistas… Faro histórico local de acimut de destino sobrevenido, superador aldeano aldeano orientando la Pescadería hacia las huertas de Carás y expansión del espléndido ensanche. Gea a pie de acera y Eros deslizándose encima del mar que nos abraza. Las tinieblas y la luz. La noche también es dueña de la muerte, del sueño, la edad y las penas…
Por eso los relojes públicos deben repararse a toda velocidad so peligro de hemiplegia. Flubert elude a que el presente se nos escapa porque el porvenir nos inquieta y el pasado nos retiene. ¿Hablaron del Gobierno que necesitamos urgentemente?

Un reloj para Los Cantones