Las promesas

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“Nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante una guerra y después de una cacería”, dejó dicho Otto von Bismarck, y hasta el 21 de octubre tendremos muchas ocasiones de comprobar cuánta razón tenía el político prusiano porque escucharemos propuestas y promesas que no se sostienen, muy en consonancia con el comportamiento de los políticos que en vísperas electorales entran en trance y pierden el control verbal.

En apenas ocho días ya decoran el paisaje electoral unas cuantas promesas. El presidente del Gobierno de España rescata una recurrente en las últimas legislaturas como es la llegada del AVE, que ahora fija para el año 2018. A su vez, el candidato de los socialistas promete cambiar toda la política desarrollada por Feijoo y sus primeras medidas serán la derogación del decreto del gallego en la enseñanza -¿tendremos algún día pax lingüística?- y retirar el copago de medicamentos de los pensionistas.

No quiero decir que ambos dirigentes mientan, por ahora. Pero los políticos -estos también- cuando se enfrentan a las urnas, se mueve más por reacciones emocionales que por criterios de racionalidad, y hacen promesas que o bien no responden a los problemas del país -los gallegos están preocupados por el paro, el cierre de empresas, la crisis del naval, del campo o del comercio-, o no son asequibles porque no lo permite la realidad económica, que es dura e implacable.

La política es el arte de lo posible y en esta sociedad globalizada la gobernanza viene determinada en muchos aspectos por las directrices que impone Bruselas y por las dificultades económicas propias del país, que cuenta con recursos escasos y poca capacidad de maniobra para hacer frente a problemas y necesidades acuciantes.

Por eso, los partidos y los políticos deberían abstenerse de hacer promesas sin concretar, es decir, sin definir sus objetivos y ponerle números, explicando con qué recursos económicos cuentan para alcanzarlos y cumplir así lo prometido, aprovechando esa escasa capacidad de maniobra autóctona para hacer cosas. Se trata de programar una campaña con debates políticos serios, alejados de la visceralidad.

Volver a prometer el AVE, decir que se van a pedir esfuerzos a quien más tiene para reinvertir los recursos en sectores productivos o afirmar que no le vamos a fallar a Galicia suena bien, pero sin concretar más equivale a no decir nada. Es una especie de cante jondo para entretener al personal.

 

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