LAS DIFERENTES CARAS DE LA VERDAD

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Vivimos saturados por los datos. Cada acontecimiento es susceptible de ser recibido por varios canales. Lo curioso es que esta riqueza informativa lejos de resultar positiva, como a priori se podría creer, termina por provocar incertidumbre y resquemor en los ciudadanos, que acceden a versiones absolutamente contradictorias, pero ambas presuntamente verdaderas.
De este modo se produce la paradoja que a mayor información más desinformación. Por ejemplo, si se analiza la comparecencia de Rajoy para explicar los papeles de Bárcenas, cualquier ciudadano habrá recibido informaciones que señalaban al presidente del Gobierno como ganador del debate y, al mismo tiempo, como perdedor de la sesión.
Este caso, achacable seguramente a la ideología política del encargado de evaluar la actuación del presidente, no se limita a los temas en los que interviene para su valoración la capacidad de objetividad del emisor. Hay cuestiones puramente técnicas en las que o se es ingeniero cuántico o resulta absolutamente imposible llegar a una conclusión certera sobre el asunto.
Sucede esto, por ejemplo, con la mina de oro de Corcoesto. Ingenieros, expertos, doctores y estudiosos han escrito largos y técnicos artículos sobre la supuesta bondad o la supuesta maldad de la utilización de arsénico para la extracción del dorado mineral. Hasta los profanos se han enzarzado a cuenta de la creación de puestos de trabajo, de manera que lo que para unos era la panacea para la superación del paro en toda la comarca, para los otros, no suponía más que unas migajas y unos cuantos infrasalarios.
Y, frente a este bombardeo mediático, los ciudadanos toman partido por una u otra postura atendiendo a cuestiones meramente emocionales, puesto que, a falta de ser capaces de establecer quien miente, se quedan con aquella realidad que más se aproxima a su propia verdad, esa que mejor encaja en sus preceptos políticos, culturales y hasta religiosos.
Son solo dos ejemplos, pero hay muchos más, y lo triste es que van desde cuestiones tan banales como dirimir si Belén Esteban es la auténtica princesa del pueblo, hasta asuntos tan cruciales como la conveniencia o no de recurrir a la energía nuclear.
Y, por si no fuera suficiente el batiburrillo mental que los humanos ya tenemos formados, la generalización de Internet no ha hecho más que agravar la situación. Dios Google y la todopoderosa Wikipedia han hecho un daño impensable a la humanidad. Ya no existe el erudito, ya solo hay imbéciles de dedos rápidos capaces de llegar antes a una página determinada.   Por no haber ni tan siquiera quedan aquellos poetas de puerta de retrete capaces de rimas imposibles. Han sustituido el rotulador por las teclas de su móvil y la lisa superficie lacada por su página de twitter. Así nos va.

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