Descalificaciones

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Vivimos en un régimen de descalificación permanente, no es ya que se hable mal de los demás, es que se da por supuesto que todos aquellos que no nos gustan son unos impresentables. Especialmente si se trata de personajes públicos, en este caso ni siquiera existe el beneficio de la duda. Cuando alguien sale a la palestra y destaca por lo que sea, no se examina lo razonable de su postura o el posible interés de sus propuestas; más bien predominan las actitudes viscerales. Se impone una especie de espíritu de desacreditación consensuada, consistente en que, como decía al principio, se da por supuesto que este o aquel personaje es mala gente. Es frecuente que al hablar con alguien, sobre todo si está firmemente posicionado en un bando, sea el que sea, te intente hacer partícipe de su odio hacia el contrario, esperando que tú estés de acuerdo.
El espíritu de maledicencia se impone sobre cualquier otro, alimentado por una lucha política que de democrática tiene poco. Tampoco existe ningún atisbo del talante liberal y generoso que debería presidir nuestra convivencia, más bien predomina lo rastrero. Cuando alguien afirma que fulanito de tal es un sinvergüenza o un impresentable, la mayoría de las veces no está haciendo un juicio de valor razonable y ponderado. Casi siempre se trata simplemente de repetir lo que se ha oído, sin plantearse el alcance de una posible difamación.
Hay mucha malicia detrás de todo esto, ejercida por quienes se supone que defienden valores importantes. Nunca me han gustado los que van de íntegros, supuestamente incorruptibles y que se creen en posesión de la verdad, pero que no respetan a los demás. Nadie tiene derecho  a convertirse en juez supremo, como si su criterio fuese infalible; quienes se creen más justos y cabales que nadie y se dedican a difundir descalificaciones de manera gratuita, no son referencia recomendable. 
Es triste ver la facilidad con que, más de uno, se hace eco de infundios y chismorreos sin calibrar el daño y la injusticia que esto supone. Especialmente penoso resulta cuando el descrédito afecta  a  quien, además de no merecérselo, debería ser objeto de particular respeto y veneración.
A este respecto, no quiero dejar de manifestar, como católico y como creyente, mi amor al Papa, tanto al actual como al anterior, ahora emérito, y a quien venga después, como vicarios de Cristo en la Tierra; al margen de que como personas me puedan resultar más o menos atrayentes. Desde luego en mi caso, ningún sentimiento está por encima de esta convicción, ni siquiera el patriótico; tampoco comparto el planteamiento de quienes se creen el último baluarte de la ortodoxia, sea política o religiosa.

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