Hablemos claro

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La realidad casi siempre destruye aquello que se idealiza. La magnificación de algo, tanto desde el punto de vista positivo como del negativo, tiende a nublarnos los sentidos a la hora de valorar ciertas situaciones.
Se dice que de todos los países pertenecientes a la UE los españoles somos los más europeístas. Por estas tierras la idealización que se hizo de todo lo europeo es casi de psiquiatra, tal parece que responde a algún complejo oculto. Aquí el modelo a seguir siempre es Europa, creemos que todo lo que viene del norte es transparente, honesto y democrático. 
Hay que empezar por asumir que la Europa de hoy es un nido de grillos a punto de convertirla en un proyecto fallido. Pero, además de eso, tampoco es trigo limpio; quizá nunca lo fue. Detrás de esa cara amable, incluso inocentona, se esconde un pasado convulso y un futuro incierto. Pero sobre todo se esconde mucha hipocresía. Por lo tanto, es necesario huir del relato oficial y asumir que no todo lo que hacen en Bruselas es diáfano. 
La actitud de los que dirigen la Europa oficial frente a los independentismos regionales europeos es una muestra de su doble discurso. Resulta que ahora esos desmemoriados señores ya no se acuerdan de los desatinos que se cometieron en la década de 1990. Y de aquellos polvos estos lodos.
Salvo casos muy excepcionales, la secesión de cualquier Estado es siempre un mal negocio para todos, además de ser extremadamente dolorosa en todos los ámbitos. Y, desde luego, pasa a ser catastrófica cuando la descomposición llega a ser total, es decir, cuando se rompe en varias partes. 
Resulta chocante que la postura europea en estos asuntos siempre haya sido la del doble rasero. Lo de Cataluña es un ejemplo. Por conveniencia los líderes europeos han cerrado filas, apoyando al gobierno español frente al desafío catalán. Que dicho sea de paso no es ningún mérito, puesto que si la UE desea mantener un mínimo de coherencia –de la poca que le queda– no se esperaba otra cosa.  
En todo caso, la política de la UE con respecto a estas cuestiones es muy peculiar. La historia –como decíamos antes– de los años 90 del pasado siglo lo confirma ampliamente. Hoy nadie se quiere acordar de cuando los gobiernos europeos celebraban por todo lo alto el desmembramiento –que la misma UE auspició– de Yugoslavia, sin hablar ya del rompimiento de la antigua URSS; o cuando se apresuraron a reconocer la independencia de Kosovo, que ayudaron a separar esa provincia de Serbia. Aunque Madrid no la reconoció, no es menos cierto que no lo hizo por solidaridad con Serbia, sino para no armar de argumentos legales a los independentismos de la periferia española. Sin embargo, aunque pueda sonar paradójico el gobierno español, en un acto de infinita hipocresía, ayudó a los kosovares a separarse de Serbia. ¡Y de qué manera! No olvidemos que apoyó los bombardeos de la OTAN para obligar a Serbia a abandonar una parte de su territorio.   
¿Se imaginan ustedes que una alianza militar extranjera bombardeara el territorio español para apoyar a los secesionistas catalanes? ¿Verdad que no? Pues eso fue exactamente lo que ocurrió cuando atacaron la pequeña Serbia. Aquella operación militar, que además se pasó por el arco del triunfo las resoluciones de la ONU, dejó caer miles de toneladas de bombas durante 78 días sobre Serbia y Montenegro. Aunque pueda parecer increíble, auel acto ignominioso fue apoyado por esta Europa, la que hoy tratan de vendernos como si fuera un oasis de humanismo.
Quizá pueda parecer una contradicción, que no lo es, al menos desde un punto de vista del engaño, pero ese tipo de conducta forma parte de las diferentes varas de medir que usa la UE. Ese código moral lo utilizó cuando las guerras de los Balcanes y lo sigue utilizando en la etapa presente. 
Esa es una de las razones, una de tantas –pues hay muchas más–, por la cual las instituciones europeas y sus líderes han perdido tanta credibilidad.   
Resumiendo, los desatinos de ayer invalidan por completo el relato europeo de hoy. Por lo tanto, es una necesidad, incluso una urgencia refrescar la memoria. Y hablar claro.
 

Hablemos claro