Cuidado

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No a cualquier precio, no a toda costa. La gobernabilidad de un país, tampoco la investidura, no puede depender de lo que exijan, acuerden, demanden o planteen nacionalistas con un claro sesgo independentista. Nada que objeta ideológicamente, la palabra lo puede todo. Las formas y aceptar las reglas de juego son la clave. Saltárselas, reírse del estado de derecho y todo su cuerpo jurídico, chantajear a un gobierno que se deja o que se desentiende o que no ha sido capaz de diálogo alguno, es algo más serio. O debería serlo en un país tan cainita y visceral como el nuestro. Cosas veredes, podría decir Sancho a su caballero de la mancha, oiredes y aceptaredes.
Nada va a regalar el nacionalismo más impenitente y radical a la gobernabilidad de un estado que desprecia, que humilla que insulta y que ridiculiza. El mismo que sin embargo le sostiene a través del FLA para pagar nóminas y enmendar disparates varios de esos gobiernos. Pero si es cierto que populares y viejos convergentes sobre todo, y en menor medida peneuvistas, están acordando, pactando, acuerdos de gobernabilidad puntuales o no, lo que es necesario es más seriedad, decencia y honestidad. Hace solo unos meses cuando un perdido Sánchez se acercó al nacionalismo en aras de tratar de sortear su investidura se le puso por parte de Génova de vuelta y media.
Hace unos años el anatema popular era el grito unísono de “España se rompe”, pero no se rompió, como también manifestaciones frente al gobierno y contra ETA que desaparecieron una vez llegados a Moncloa, como las macromisas públicas, en espacios públicos, de la familia, aderezadas por un combativo Rouco, igualmente se diluyeron a finales de 2011. Pero nada cambió en esas políticas respecto a lo que gobernó Zapatero, prácticamente expiado y culpado de toda culpa desde la pila a la pira en que pereció su proyecto rubalcanista.
Convergencia o como quiera llamarse ahora chocó de frente con el gobierno central. Se echó a un monte sin segar jactándose de ello y puso a España al borde mismo de la quiebra institucional. Hoy son rehenes amén de sus engaños y errores de algunos que no tienen nada que perder, CUP y en menor medida, ERC. Pero el que flirteen, coqueteen con los populares, pese al oscurantismo y la discreción maquiavélico de sus encuentros y negociaciones, no deja ni bien a unos ni bien a los otros. Es el cinismo de la política, el de la doble vara de medir y la hipocresía más absoluta. Está bien que el FLA ayude a los catalanes, pero premiase a aquellos que sí cumplen déficit, deuda y han saneado cuentas o al menos tratado de equilibrarlas sin disparates, dislates y gastos irrelevantes o no competenciales en sus funciones poniendo en pica y sonrojo al estado mismo. Está bien que se permita hablar catalán o lo que queremos, jurar en el Parlamento y todo la retahíla de cualquier lengua de las cuatro oficiales, pero no lo está que a ayuntamientos como el de Santiago o el de Teo se le orillen subvenciones por solicitarlas en una de las lenguas oficiales. Si esa es la razón, mendacidad y estupidez no falta en Madrid. Pero no somos catalanes, y por tanto, no tenemos bula ni perdón. Tampoco privilegios.
No a cualquier precio puede ser la gobernabilidad. Como el interpretar caprichosamente le reglamento de las Cortes en aras de conceder grupo y aplicar la jurisprudencia de intereses. Por si acaso voto a populares para que sean magnánimos y Convergencia tenga grupo. Cuidado.

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