La pensión, como dádiva

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Mientras una gran parte de la sociedad agoniza, como se ha puesto de relieve estos días con las multitudinarias manifestaciones de rechazo a la ridícula subida de pensiones por parte del Gobierno central, parece existir otra parte, aunque tal vez no tan numerosa sí indiscutiblemente significativa, a la que poco o nada le importa cuánto, cómo o cuándo recibirá el ganado derecho a una jubilación mínimamente digna. Tal situación, que no se traduce en otra cosa más que en la mera necesidad de la subsistencia, quiebra en toda su amplitud el llamado “estado de bienestar”. Concepto vacuo este último en un país en el que, pese a la sostenida recuperación de la economía, las diferencias salariales –ya no sólo entre hombres y mujeres– no se centran en asegurar unas percepciones que, como las pensiones, están también lejos de garantizar mínimos niveles de sosiego y tranquilidad para quien tiene la suerte de tener un trabajo o acceder a él. 
Tal vez se trate de que lo que realmente está en juego es el hogar. Su propia concepción es sinónimo de unidad, no necesariamente la que configura la familia, sino en uno más básico que se sustenta en el hecho de tener un techo bajo el que cobijarse, capacidad suficiente para satisfacer las necesidades básicas, una habitabilidad acorde con la sociedad actual y unas garantías mínimas de que no se perderá, al menos, el derecho a una vivienda, por supuesto, digna. No es el lujo lo que prima, lo que está sometido por parte de esta sociedad a un escrutinio inquisidor, pese a la fanática obsesión por el enriquecimiento y la ostentación ilícitas, como tampoco es cuestión de solventar –políticamente hablando, claro– tales carencias con la ayuda o las prestaciones administrativas. Si estas son necesarias  y hoy en día constituyen la moneda de cambio con más “rendimiento”, es precisamente porque la clase política entiende, asume y acepta que ha de existir pobreza. Y la pobreza –como saben– es sinónimo de necesidad, tanto como esta última alimenta a la primera. 
El silencio, o lo que es peor, las manifestaciones carentes del menor atisbo de sensibilidad, procedan de quien procedan, desde el político que ejerce el poder hasta de quien, por el hecho de no estar precisamente necesitado, obvia y ocultan algo tan esencial como es una realidad execrable por el sencillo hecho de ser impuesta, sin el más mínimo rubor, basada en la dádiva.

La pensión, como dádiva