YA SÉ A QUIEN VOY A VOTAR

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De vez en cuando nos abre la boca algún titular modelo: “Nosecuantasmil personas aspiran a obtener una de las dos plazas de auxiliar de conserje que convoca el Ayuntamiento de Tripaconejos”. Y reflexionamos en voz alta: “Normal. Con la que está cayendo...”.

Sin embargo, nos tomamos con democrática naturalidad que en la provincia coruñesa vayamos a escoger, el próximo 21 de octubre, 24 culos para otros tantos escaños a cuyo confort aspiran –repartidos en 18 listas– cerca de 500 paisanos.

Yo ya sé a quien voy a votar. No lo diré porque perdería uno de los escasos misterios que me rodean. En esto de contar historias e intentar hacerlo de la manera menos sesgada posible, conviene cimentarse en una buena parcela del común lugar llamado tierra de nadie. Es saludable vivir en la cuerda floja sin balancearse demasiado. Es síntoma de buena forma profesional que cualquier político con el que trates, hayas tratado o vayas a tratar esté convencido de que eres un malnacido que antes votaría al discípulo tonto de Satán que a él.

Pero sí me gustaría acudir a un notario a jurar que mi voto está decidido. Y que no es de ahora. Que hace tiempo que opté por no darle demasiadas vueltas, habida cuenta de que lo mío vale lo mismo –pongamos un ejemplo– que lo del pelopincho del Ibiza amarillo que chirría las ruedas mientras Chimo Bayo atrona el estéreo. Un hombre, un voto.

Es, más que nada, por ahorrarle el esfuerzo por convencerme a quienes pretenden llevarnos de la mano hasta las faldas del Sinaí. No. Lo siento. No pertenezco a ese muchos por ciento que nunca sabe lo que va a hacer. Huí de la tribu de los indecisos.

Así, con todas mis fuerzas, agradecería que no me enviasen papeletas al buzón. Gracias. Tengo los estudios suficientes para lamer un sobre yo solito. Por cierto, ¿de dónde demonios sacan mis datos? ¿No estaban protegidos por ley? ¿Me pueden borrar de su base?

Tampoco se tomen la molestia de organizar mítines en mi honor, de esos en los que el líder se desgañita por fascinar a un auditorio que ya viene adiestrado de casa.

Ahórrense mis bolis, mis chapas, mis banderitas y mis mecheros. Donen el dinero a la Cocina Económica.

Y láncense los reproches mutuos en voz bajita; no me chillen su honestidad, que después viene una jueza, da una patada, y salen pringados de todos los colores.

No me persigan por el mercado, en la feria, por la calle o a través del televisor. No me inauguren la alcantarilla ni me prometan el cielo eterno. Yo, a cambio, les regalo la jornada de reflexión y un par de mentiras en la encuesta a pie de colegio. Gracias.

YA SÉ A QUIEN VOY A VOTAR