GATO MUERTO DEL SUR

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A un gato que fue
Carretera al sur de Italia. Ruta de calor y noche. Buscamos una vía hacia el sol de la mañana. Los arenales de alguna playa aguamarina debieran recibirnos. Las horas, que aún suenan a tango, se han ido desvaneciendo en el aire espeso de la espera. Las playas no aparecen y, si lo hacen, la noche nos hace confundir la tierra con los precipicios. Los acantilados serpentean en la costa que nos aleja tímidamente de Bari hacia Polignano a Mare y un calor lloroso nos hace desafiar nuestro estado nervioso. Cuando las noches brillan sin luna, cuando la oscuridad desconcierta las brújulas y no queda más que el instinto de seguir, el corazón se hace más sensible a las minúsculas señales del mundo y todo pareciera llevar dentro la semilla del presagio. Y así sucede. Y así sucedió.
Aquel pobre gato había maullado su última vida. Paciente, como su muerte, aguardaba ahora las olas de tiempo que irían desfigurando su materia atropellada. Y, sin embargo, frente a su fúnebre indiferencia, sus ojos todavía brillaban en medio de la carrtera fatal. Aquel póstuno fulgor parecía haber robado uno segundos a la muerte para transmitir un presagio al mundo de los seres que pasaban buscando un rumbo. Pero, ¿qué rumbo podría comunicar a la vida aquella ausencia tan rotunda?  Como una acusación, el pequeño gato nos arrojaba a la cara un gesto crispado de inocencia paralizada. La piedad venía entonces a los labios del pecho bajo la forma de un delicado llanto. Sin saber muy bien por qué, nos sentíamos culpables en nombre de esa arrogante vida que nos llevaba a buscar soles y playas por encima de aquel juguete roto de aliento traicionado, porque era la vida la que había abandonado a su criatura. La muerte, fresca como una adolescente, se burlaba poniéndole al gato una careta de vida, que no era ya más que un macabro simulacro. Brillo de ojos apagados, soledad infinita de camino al universo. Y ahora las lunas y los hombres y los gatos y las noches pasarían de largo contribuyendo a consolidar un olvido perfecto. Pero la compasión que lloraba en nuestro pecho no dejaría que la desmemoria aniquilase por completo la huella dejada por el animal caído.
Nada vuelve a ser lo mismo cuando algo nos recuerda que la belleza es fugaz y que, como decía Oscar Wilde, siempre está construida por una íntima desgracia. Aquel hermoso y único animal, cuyos saltos no habíanos vísto, cuyas audacias no habíamos admirado, cuyos celosos maullidos no nos habían despertado en noches sin búsqueda, entraba ahora en nuestra vida sin sentir siquiera el  primario calor del roce. Y, no obstante, ¡qué abrasador golpe nos había dado su mirada vacía! Vana parecía, por un instante, toda búsqueda. Las carreteras serpenteantes y perdidas del sur italiano parecieron extraviarse un poco más. Pero la vida no está pensada para detenerse demasiado en el recuento de sus bajas. Poseída de sí misma y de su egoísta energía, intenta continuar como sea, bajo  el impulso, por ejemplo, de esos seres sin rumbo que buscamos una indicación hacia las playas calientes de la mañana.
La noche no llora. Autos que pasan atolondradamente tocando la bocina, gente en los pueblos de calles estrechas que gritan como si viviesen eternamente en fiesta y pelea. Italia suda su encanto y su desorden. Nos han robado a mediodía y nos han hecho perder un pequeño paraíso de mares tranquilos. Ahora corremos para encontrar otro. Estamos cansados, sudorosos, ebrios de viaje, algo nerviosos, pero esperanzados. Es lo que nos hace seguir, a pesar del robo, del pequeño paraíso perdido, de las bocinas de los italianos que se desesperan fácilmente en el guirigay del tráfico. Y entonces, aquella mirada, aquel vacío más profundo que cualquier acantilado que hayamos visto en estas costas. Y entonces aquel gato muerto del sur, aquel rostro de baile venciano en un carnaval sin gracia - ¡y pensar que nosotros hace unos días paseábamos por una Venecia lluviosa! Cuando las noches brillan sin luna, cuando la oscuridad desconcierta las brújulas y no queda más que el instinto de seguir, el corazón se hace más sensible a las minúsculas señales del mundo y todo pareciera llevar dentro la semilla del presagio. Debemos escribir entonces para que nada deje de ser lo que fue. Y así sucede. Y así sucedió. Carretera al sur de Italia. Ruta de calor y noche buscando una vía hacia el sol de la mañana...

GATO MUERTO DEL SUR