Mucho ruido y pocas nueces

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La crisis destapó muchas cosas; y ninguna buena. Al principio mucha gente manifestó gran  indignación a través de las redes sociales y los whatsapps personales. Parecía que esa rabia  forzaría a muchos de nuestros políticos a comportarse de otra manera. Pero no. 
La novedad es que no hay novedades. Todo sigue igual. Ni siquiera se puso en marcha una estrategia de mínimos para adecentar la política, las instituciones o los medios de comunicación. Unos medios, que dicho sea de paso, algunos utilizan para hacer periodismo de alcantarilla. 
Por otro lado, los triunfalistas, apoyándose en  estadísticas, aseguran que hay un gran crecimiento económico. Aunque eso también hay que cogerlo con pinzas. Las estadísticas son manipulables, por lo tanto, muchas veces no reflejan la realidad. O reflejan una realidad interesada. 
Pero asumiendo que eso sea cierto, el cacareado crecimiento no ha tenido gran incidencia en el bienestar general. Lo que significa que beneficia solo a unos pocos. Muy pocos. En todo caso, nuestra deuda –porque es de todos– sigue creciendo. Y no podía ser de otra manera, por la sencilla razón de que todo se está financiando con más deuda. Así que ¡viva la Pepa! ¿Alguien ha pensado en cómo se pagará?  
Aunque es cierto que bajo las reglas del neoliberalismo lo de seguir endeudándose tiene su explicación. Empezando porque la mayoría de los gobiernos trabajan para las organizaciones financieras internacionales, en realidad son sus agentes. Y esas organizaciones no están interesadas en el bienestar de los pueblos, sino en sus leoninas ganancias. Deuda y tiempo significan más ganancias.  
Pero volviendo al principio. Todos recordamos los mensajes “enlatados” que circulaban por las redes sociales. Como de abolir el Senado; de reducir los privilegios de Sus Señorías en el Congreso de los Diputados; de bajar los salarios de los altos cargos; de eliminar asesores; de obligar a nuestros representantes en Estrasburgo a viajar en clase turista y no en primera, etcétera. Eran sugerencias de sentido común. Pero nada se hizo. 
Lo que sí se hizo fue recortar prestaciones sociales; reducir la calidad de la sanidad; privatizar organismos a través de subcontratas; vender más empresas públicas. Se hizo de todo, menos lo que se debería. En lugar de recortar donde era necesario y de sanear las instituciones, para minimizar la corrupción galopante a la que nos enfrentamos, se implementaron y reforzaron otra clase de políticas. Unas políticas que los neocones llaman “reformas”. Y que se pasan todo el tiempo hablando de ellas, que no son otra cosa que la privatización integral de todo lo público. 
Esas mismas políticas son las que llevan a la corrupción. Por eso no debemos de extrañarnos cuando aparecen nuevos casos, nuevas imputaciones, nuevas tramas. Forman parte de una dinámica económica.
Lo peor es que hay pocas esperanzas de que las cosas cambien, al menos para mejor. Aunque pongamos a los alemanes de ejemplo a seguir, lo único que copiamos de ellos –y que continuamos manteniendo incorrectamente– es su huso horario. El que tenemos no se corresponde con el real, pues fue impuso por Franco en 1940 para sintonizar con la Alemania de Hitler.
Así que, de los teutones copiamos más bien poco. Ellos nunca hubieran tolerado lo que ocurre aquí. Ellos, con sus defectos, que también los tienen, son gente seria, horada y honesta; en el gobierno de Merkel dimitieron ministros por plagiar una tesis doctoral, que es peccata minuta comparado con lo de aquí.
Aquí hay gente muy germanófila. Pero desde que la Audiencia territorial de Schwesling Holstein  puso en libertad a Puigdemont empezaron a despotricar contra los alemanes; se pasó del amor al odio en un santiamén.
Aquí somos muy especiales. De pronto todo el mundo parece estar de acuerdo en que las cosas deben cambiar. Pero todo se queda en nada, mucho ruido y pocas nueces. Es duro tener que admitirlo, pero  visto lo visto igual tenemos justamente lo que nos merecemos. 
Lo cierto es que la libertad para elegir no la estamos utilizando muy bien, ocurre también en otros países. Aunque eso no debería ser consuelo.

Mucho ruido y pocas nueces