Vamos a la confrontación

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Todo exceso conduce a su contrario. En su día, la sobreactuación de algunos medios contra el movimiento nacido el 15 M –bautizado como los “perros flauta”–, acabó potenciando lo que hoy conocemos como Podemos. La intención estaba clara: crear una cuña capaz de arrebatarle votos al PSOE. Y así fue. Pablo Iglesias no consiguió su obsesivo “sorpasso”, pero a punto estuvo de lograrlo.
 

El caso es que quienes fomentaron aquella operación dando todo tipo de facilidades a determinados canales de televisión pagaron después en las urnas aquella estrategia impulsada por el estrabismo político. Podemos, formación de extrema izquierda, llegó para quedarse apuntando a su objetivo principal: la superación del régimen democrático nacido con la Constitución del 78.
 

Toda una lección para los aprendices de brujo que, al parecer, han retornado o están en ello. Ahora repitiendo aquella operación de trompetería mediática, pero en sentido contrario. El protagonista de todos sus dicterios es Vox, la formación de extrema derecha recién llegada al Parlamento andaluz.
 

Durante la campaña, Susana Díaz –y buena parte de los medios audiovisuales– centraron sus discursos y en fomentar el miedo a Vox. Tanto alertaron de que venía el lobo que contribuyeron a que miles de andaluces que nunca antes habían oído hablar ni de Vox ni de sus líderes, acabaran votándoles. Es lo que tiene este tiempo en el que la televisión orienta el debate político y las redes acaban conformando las opiniones predominantes en la opinión publicada. Lo que a la postre se transforma en decisiones políticas. Lo sucedido en Andalucía podría estar diciéndonos lo que puede pasar en los comicios del 26 de mayo en el resto de España.
 

La formación de un gobierno nuevo en Andalucía como resultado de la aritmética surgida de las urnas no debería ser motivo de otra polémica que aquella que se deriva del escozor que provoca en los desalojados tener que asumir que pasan a la oposición. Que eso suceda tras 36 años ininterrumpidos de gobierno socialista puede explicar las renuencias a aceptar el veredicto de las urnas, pero lo que en democracia no encuentra explicación más que en el sectarismo es el escrache. La protesta de quienes no aceptan las reglas del juego salvo cuando les favorecen. Pensando en las próximas elecciones, algunos “cabezas de huevo” deberían tomar nota de que sus maniobras mediáticas nos están llevando a la confrontación. Mal asunto.

Vamos a la confrontación