LA PARADOJA DE OCCIDENTE

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Todo el mundo se quedó consternado ante el brutal ataque perpetrado contra el semanario satírico francés, Charlie Hebdo. Las imágenes de la televisión, donde aparecen unos terroristas vestidos de negro, corriendo por las calles de un barrio parisino, kalashnikov en mano, y liquidando a sangre fría a un gendarme herido en el suelo, son sobrecogedoras, casi apocalípticas. Por momentos se parecían a las de una ciudad siria.
Lo sucedido en París hizo sonar nuevamente las alarmas en Europa, además de producir una gran preocupación social, produjo una gran dosis de impotencia. Luchar contra el islamismo radical no es tarea fácil. Es como pelear contra un enemigo invisible, que se mueve sigilosamente en las sombras, un enemigo que tiene muchos frentes abiertos. Tantos, que están globalizados.
El problema es grave, aparte de complejo. Sin embargo, los medios de comunicación lo tratan desde una óptica simplista, haciendo una valoración sesgada del asunto, sin abordarlo en un contexto más amplio. La cuestión va más allá del supuesto fracaso del multiculturalismo. Habría que analizar otras posibles causas que conducen al rechazo de los valores europeos. A lo mejor no es solo un problema de integración social.
En todo caso, se deberían tener en cuenta otros factores que son de capital importancia para analizar objetivamente y así poder entender la desafección que sienten un gran número de jóvenes musulmanes por Europa. Para ello se tendría que examinar la política exterior de la UE –y de algunos gobiernos europeos por separado– de los últimos veinte años; pero hacerlo bajo un análisis crítico. Para empezar habría que valorar los resultados de las diferentes intervenciones militares, algunas directas y otras indirectas, llevadas a cabo en el mundo árabe-musulmán por parte de las potencias occidentales. Intervenciones que eran, al menos eso dijeron, para desalojar a los dictadores y llevar la democracia a esos países. El tiempo demostró que eso de llevar la democracia era un gran infundio, un burdo pretexto para derribar los gobiernos autócratas y cambiarlos por otros que estuvieran en sintonía con los intereses occidentales.
Desde Afganistán hasta el Norte de África, por obra y gracia de la injerencia occidental, se produjo un área de inestabilidad, de tierra quemada. Las distintas intervenciones han producido, además de caos, guerra y desolación, varios estados fallidos (Afganistán, Irak, Libia y Siria) que son un serio peligro para la paz mundial.
Vastas áreas de dichos estados están siendo controladas por grupos yihadistas. El escenario injerencista provocó el rechazo de muchos jóvenes árabes, nacidos en Europa, a la cultura occidental, por lo tanto, los grupos radicales como Al-Qaida tuvieron el terreno abonado.   
Al-Qaida y el EI tienen hoy miles de milicianos en sus filas, todos ellos bien pagados y mejor armados, no hay que olvidar que manejan equipos militares ultramodernos, por lo tanto, la pregunta es obligada, ¿cómo se financian y quién lo hace? Es obvio que sin dinero no se pueden comprar armas ni hacer guerras. Lo curioso es que ningún gobierno europeo trata de averiguar o investigar las fuentes de financiación de esos ejércitos irregulares. Es un tanto extraño, casi chocante, que no se haga nada al respecto.
Sin duda, los gobiernos occidentales han llevado a cabo una política desastrosa con respecto al Medio Oriente. Deberían hacer un “acto de contrición” y empezar a cambiarla; a lo mejor no es demasiado tarde. No se puede estar en misa y repicando, reza el refrán.
Si de verdad se quiere emprender una lucha seria contra el terrorismo islamista, no se pueden seguir haciendo políticas de doble rasero, cargadas de contradicciones, sino las consecuencias serán demoledoras. No sirve de nada encabezar manifestaciones, como la del pasado domingo en París, donde algunos políticos ponían caras de meapilas o santurrones, dando la impresión de que utilizaban la buena fe de los manifestantes, incluso su rabia contenida, para erigirse como los paladines de la libertad. Ese no es el camino.

 

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