Hacia el centro

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Con cierta periodicidad, sobre todo cuándo se acercan las elecciones, algunos partidos insisten en el giro al centro. Por una parte es lógico porque en este espacio político está, a estas alturas,  suficientemente demostrado, en sociedades maduras, que es dónde se ganan las elecciones. Y, por otra resulta que el centro, como espacio de  moderación, equilibrio, sentido común y, sobre todo,  de compromiso radical con los derechos humanos, es una tendencia nunca completamente alcanzada. Es un camino, una orientación a una democracia más real y genuina que requiere, en los líderes que pretendan seguirla, una apuesta decidida por pensar seria y permanentemente en el pueblo y en sus problemas. Algo que hoy, aunque se predique por todas partes, vemos que brilla por su ausencia porque en términos generales no tenemos  dirigentes empeñados seriamente en la mejora continua de las condiciones de vida de los ciudadanos. El espacio de centro no es una ideología al uso. Es otra cosa. El centro no tiene una base ideológica en sentido estricto, que todo lo soluciona a partir del recetario teórico confeccionado por los teóricos de turno. 
El centro no se encierra en una respuesta única. Representa, más bien, la apertura a la complejidad de los problemas de las sociedades plurales y abiertas en que vivimos desde la realidad, partiendo de la razón y a través del pensamiento dinámico y complementario que se asienta en la centralidad de la dignidad humana, Los programas son desde luego muy importantes para la suerte electoral. No lo niego, pero, sin embargo, me parece que cada vez cuentan más los equipos humanos que los integran, su capacidad operativa, su disposición real al diálogo, su integridad, su honradez, su capacidad de persuasión y de comunicación, la confianza que despiertan, su receptividad ante las exigencias y aspiraciones sociales. Y, fundamentalmente, la coherencia y congruencia entre lo que se proclama a los cuatro vientos y lo que se practica en la cotidianeidad. Un dirigente del centro intentará atender a todos los ciudadanos sin exclusión porque los programas de centro deben ser equilibrados en el sentido de dirigirse a todos los sectores, sin orillar ninguno, del cuerpo social. No se puede gobernar para unos pocos, ni para muchos, ni para determinadas mayorías, ni siquiera para una mayoría representada en una universalizada clase media. Se gobierna para todos.

Hacia el centro