Año nuevo

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Pasan los años y nosotros poco más podemos hacer que contarlos, no me refiero claro  a tantas y tantas cosas que todos tenemos ocasión de vivir durante su transcurso, sino a la inexorable marcha del tiempo. Los agrupamos en lustros, decenios, siglos y milenios, pues hablar de millones está de momento fuera de la memoria humana. Solo vestigios de la vida de nuestros antepasados podemos rastrear si nos remontamos más a allá de seis o siete milenios, quizá por eso los bizantinos databan la Creación en 5507 años antes de Cristo. Hoy sabemos que la presencia de vida humana en el mundo se remonta, como mínimo, a varios cientos de miles de años, pero nuestra memoria como decía antes no da para tanto. Así que nos tendremos que conformar con otros cómputos más asequibles.
En la Antigüedad, para medir el tiempo, se utilizaban los ciclos, periodos cerrados de  varios años que se repetían, como las Olimpiadas griegas o las Indicciones romanas. Pero también se utilizaron las Eras que se remontaban a algún acontecimiento importante, como la fundación de Roma acaecida según la tradición hace 2772 años, 753 antes de Cristo. Desde bien avanzada la Edad Media, la Era Cristiana es la más usada, junto a la Hégira islámica que tienen carácter religioso y aún siguen vigentes. Pero hay muchas otras, aunque más minoritarias, como la de los armenios o la Era Hispánica, utilizada durante siglos en toda la Península Ibérica. La revolución francesa intentó imponer su propio calendario, fijando como año 1 el de la proclamación de la República en 1792, aunque con poco éxito.
En realidad este tipo de usos cronológicos tiene mucha más importancia de lo que parece, podemos pensar que al doblar un año nos dirigimos a una meta, no solamente de forma individual sino también colectiva. Si así es, resultaría bastante interesante dilucidar cuál puede ser, así como su verdadero alcance. Si nos atenemos a lo puramente material y temporal, la idea fundamental sería la de Progreso; además de las conocidas Igualdad, Fraternidad y Libertad de los ya citados revolucionarios franceses. En algunos aspectos no vamos mal encaminados, aunque por lo general la situación de la Humanidad sigue dejando bastante que desear. No es probable que las próximas generaciones lleguen a ver el paraíso terrenal de la utopía socialista, tampoco parece muy seguro que los progresos científicos vayan a colmar nuestras ansías de inmortalidad.
El carácter transitorio de las generaciones, que se renuevan continuamente con la muerte, sólo tiene una proyección esperanzadora en la visión cristiana de la Historia, cuya esperanza trascendente no deja de contribuir al desarrollo y prosperidad de los pueblos, como ya ocurrió en Europa.

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