Protocolos

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Hace unos días vi un debate sobre los protocolos de las personas que tienen cargos institucionales. Me llamó la atención, de todo lo que no se sabe sobre este “saber en dónde se está” y saber “las normas para cada momento”.
Y  la verdad que me fascinó, ya que se hablaba de las camisas de cuadros tan de moda estos días, fondo de armario por excelencia de los nuevos alcaldes. De ahí que su importancia incida su puesta en práctica y en  la visión que el resto de ciudadanos tienen de la institución.
No quiero hacer una crítica negativa, sino todo al contrario, no por poner más camisas de cuadros significa que estés o seas más cercano a la gente, sino pienso que todo lo contrario. Cada cosa para lo que es, y si se busca el respecto, tendrás que empezar por hacerlo en ti mismo. Tampoco voy a defender a los hombres de negro, encorbatados de día y de noche, pero de un extremo a otro hay un término medio, que siempre existieron  los grises. Pero no todo el protocolo es la ropa, sino también se contempla la manera de estar, la amabilidad. El término amabilidad engloba muchos conceptos: atención por los demás, respeto, consideración... en sí misma encierra muchos de los aspectos fundamentales de una persona bien educada.
Aunque pudiera hacerme temible, preferiría hacerme amable” dijo Michel Eyquem de la Montaigne. Y es que una persona amable es querida y respetada. La amabilidad es un profundo sentimiento que sólo se manifiesta en ciertas actitudes. La amabilidad se manifiesta en cualquier momento, debe surgir de manera espontánea,  no se fuerza, pues perdería su naturalidad dejando de ser amabilidad para convertirse en algo fingido, parecido a la amabilidad sin serlo.
 Hay que ser amables con todo el mundo, no solo con las personas que conocemos. La amabilidad abre puertas, aúna culturas y ayuda a una convivencia mejor. Una persona amable es aquella que te ayuda!!. 
Otra cosa, claro, es el tocapelotas profesional, sobrado, agresivo, que se frota las manos pensando: “A éste lo he pillado” y acto  seguido se relame contándolo, no en plan constructivo, sino para dar por saco., porque esta clase  en busca de su minuto de gloria, es la que más se equivoca. Quizá sea la soberbia que los ciega, o las prisas por tirarse el pegote, pero el caso es que a veces ni lo comprueban. Y suelen columpiarse de forma clamorosa. Con lo fácil que es ser feliz!!
 

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