Revolución cívica

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El espacio de la deliberación pública, abierto y plural por definición en los sistemas materialmente democráticos, en ocasiones se presenta como un ámbito propicio para las adhesiones inquebrantables o para la sumisión, para el control, para la manipulación. 

Debiera ser un ambiente en el que, en el marco de un genuino pluralismo, se expresen las diferentes dimensiones de la realidad sobre las que haya que debatir y razonar en cada caso. En su lugar, los frentes ideológicos, sorprendentemente más cerrados cada vez, mueven sus peones mediáticos y su artillería pesada para silenciar, excluir o laminar si es posible, al diferente, al disidente o al crítico con el pensamiento dominante. 

En ocasiones, hoy no pocas, se lesionan u obstaculizan, también sutilmente, libertades que tanto esfuerzo ha costado recuperar tras el autoritarismo, de manera que quien se atreve a desafiar lo políticamente conveniente, incluso con argumentos cargados de razón, debe asumir que una condena sin posibilidad de apelación. 

De intento, es lo más grave, se restringe la libertad educativa para evitar que quien tenga la ocurrencia de transmitir conocimientos e ideas desde el pensamiento crítico pueda hacerlo. 

El pluralismo se predica con ocasión y sin ella, pero en la real realidad está muy mermado porque solo tienen acceso al espacio público aquellas ideas u opiniones del gusto de la tecnoestructura dominante. 

El miedo a la verdad, que se presenta como un ideal inalcanzable y poco rentable, invita a un lamentable ejercicio de simulación y manipulación con el fin de que ciertos temas y ciertos planteamientos se asomen al espacio público. 

Y cuando llegan, notablemente limitados, se etiquetan sin rubor alguno como ultras o extremistas. porque se es consciente de los peligros que encierra la ideologización de ciertos temas. En este ambiente, claro que sería bienvenida una educación cívica para la libertad, no para cortar por el mismo patrón  a los jóvenes, a los que hemos de transmitir el gusto por el conocimiento, por la verdad, por el pensamiento abierto, plural y crítico. 

Hoy, quien lo iba a imaginar, vamos por un camino que adocena, que aborrega a la gente, que impide el ejercicio de la libertad solidaria, que aplana el pensamiento. Es un tiempo, por ello, para una revolución cívica pacífica, serena, razonable y humana. 

Es tiempo para conquistar la libertad todos los días, para afirmar la dignidad de la persona. Es un tiempo para luchar, de nuevo, por los valores y las cualidades democráticas. 

Algo bien distinto de las insurrecciones y revueltas provocadas por los agitadores del odio y el resentimiento, por los enemigos de la libertad. 

Son tiempos para valientes, para personas sin miedo al amedrantamiento, sin miedo a las presiones. 

Hoy, así es, la libertad hay que defenderla contra viento y marea porque el ambiente invita a refugiarse en ese plácido anonimato que abre las puertas a la colosal manipulación que hoy padecemos. Pese a ello, la lucha por la libertad, como siempre, vale pena. Ya lo creo. 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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