LA NUEVA IZQUIERDA

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La llegada al poder de Syriza en Grecia demostró que es posible derrotar al bipartidismo y desplazarlo del poder. Algunos científicos sociales opinan que ha nacido una nueva izquierda en Europa, que lo ocurrido en el país heleno no es circunstancial. Ni siquiera localista.
Los valedores del bipartidismo criticaron –y todavía siguen haciéndolo– con vehemencia a Syriza. En esas críticas incluso sacaron a relucir el pacto que el partido de Alexis Tsipras hizo con Griegos Independientes, un partido conservador de corte nacionalista. Dicho acuerdo fue algo incompresible para muchos, tanto de derechas como de izquierdas, lo cual demuestra que el árbol no les deja ver el bosque. Aunque en principio esa alianza pueda parecer antinatural, dado que la mayoría de los líderes que conforman esta nueva izquierda son de extracción marxista, existe en estos últimos la firme voluntad de construir un proyecto político ecléctico, que esté en concordancia con los nuevos tiempos.
Sin lugar a dudas, estos movimientos son parte de una nueva época, de la búsqueda de nuevos referentes. Quizá algunos de esos referentes están relacionados con la “Cuarta Teoría Política”, del ruso Alexander Duguin, que aglutina a diferentes corrientes políticas y que intenta rescatar lo que sea aceptable o asumible de cada una. Para Duguin, después del fracaso del comunismo, del fascismo, pero también del capitalismo, solo queda una cuarta posición política.
No sabemos con certeza hasta que punto la nueva izquierda está influenciada por las ideas de Duguin, o bien si nació como respuesta a la crisis económica actual. En cualquier caso, estos nuevos movimientos de izquierda –y de derecha también– son muy heterodoxos, no son nada dogmáticos como en principio se podría pensar.
Algunos incluso pecan de herejía, es decir, no siguen su hoja de ruta ideológica. Los de derecha por ejemplo, como el Frente Nacional de Marine Le Pen, que está catalogado  de extrema derecha, tampoco encaja en esa categoría, no se podría decir que es una extrema derecha clásica. Sería incluso un error encasillarlo en esas coordenadas. Excepto en algunos puntos, pocos por cierto, la mayor parte de su programa electoral es perfectamente homologable y compatible con los programas de cualquier partido de la nueva izquierda. Si no fuera así, no se podría entender la simbiosis ocurrida en Grecia entre un partido de izquierdas y uno nacionalista de derechas.
La propuesta electoral de esta nueva izquierda, llámese Syriza o Podemos, es incluso menos radical que la que tenía la socialdemocracia europea en la década de 1980, unos años antes de la caída del Muro de Berlín.
Los programas socialdemócratas de aquellos tiempos eran más radicales que los que presentan hoy estas formaciones de izquierda. Todo eso nos demuestra en qué punto exacto se encuentra la socialdemocracia de hoy. Su defensa a ultranza de las políticas económicas neoliberales tiene poco que ver con su pasado.
Se puede estar a favor o en contra de la nueva izquierda. Pero acusarla de radical, como hacen algunos economistas y politólogos, es faltar groseramente a la verdad, además de ser un dislate y de no respetar la inteligencia de los demás.
Los paladines de la partidocracia esgrimen una posición maniquea en sus ataques diciéndole a los ciudadanos: nosotros somos los buenos, ellos los malos; nosotros somos los moderados, ellos los radicales o extremistas; nosotros somos el orden, ellos el caos. En su miedo a perder el poder utilizan todo tipo de artificios, algunos hasta pueriles. Son incapaces de proponer algo coherente y razonable para salir de la crisis. En su lugar se dedican a asustar a la parroquia.
En un hecho constatable que la socialdemocracia no pudo sobrevivir a la caída del comunismo, se fue con él. A partir de ese momento la sociedad se quedó sin izquierda, puesto que los partidos socialdemócratas se convirtieron en defensores de la escuela de Milton Friedman.
La nueva izquierda tiene visos de que llega para quedarse, de que va  ocupar el espacio político dejado por la socialdemocracia.

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