Serenidad

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Conformidad. Calma. Sosiego. Quietud que arranca del corazón y se posa en el cerebro como central nerviosa. Pacífica, consciente, animada. ¡Ven, dulce reposo! La temperatura apacible justifica estos días preotoñales donde de rondón ha vuelto a colarse nuestro frívolo verano. Ahora el mar tiene mejor aspecto y la luz plancha el aire con grato calorcillo. Eterno ser y no ser.

Estar terminando y comenzar de nuevo: coruñeses que regresan del período vacacional, estudiantes que acuden a las aulas buscando una segunda oportunidad o piar alborotado de grey infantil en su bautismo escolar. El destino colectivo escribe derecho con renglones torcidos. Por eso los convecinos intentan superar su pesimismo actual y sueñan con alcanzar una alegra realidad donde el sol –algo más bajo durante este tiempo- conceda chance animoso.

Los encuentros saltan el paso. Hay que llenarse de optimismo. Y creer en nosotros mismos. Huir de cuanto pudo ser y mantenerse en lo que es. Sin lágrimas en los ojos. Ni frases de perdón. Tampoco orgullos necios. Con afán de estar donde queríamos sin lamentar nuestro error…

Es fácil torear desde la barrera, pero, aún ese supuesto, conviene no olvidar que hasta el rabo todo es toro. Así la criatura humana –frágil, indefensa, dubitativo– ha sido capaz de superar las circunstancias más adversas. Desde la irreversibilidad del tiempo ha luchado contra los mismos dioses. Nada la arredra. Se fía del esfuerzo, trabajo y tesón propios. No desprecia a otros congéneres, pero si bucea en el interior suyo para saber que puede ofrecerles: cariño, entrega, comprensión…

En muchas ocasiones caminamos con el antifaz puesto para no descubrir nuestras debilidades. Y cuanto más necesitados estamos más nos purificamos de tiranías, hambres, tristezas y resentimientos. Es el “Bueno, ¿y qué?” de Amado Nervo como consuelo y bálsamo para las almas inquietas.

 

Serenidad