Esa maquinita indeseable pero necesaria (y II)

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De haber algún culpable, que si lo hay, no es la maquinita que mencionaba en mi anterior “apunte” ferrolano en el que me refería así al reloj, que implacablemente nos marca el tiempo y que queramos o no nos condiciona cuando en realidad, el culpable, fue el espacio disponible para relataros lo pretendido el que impidió rematar allí la ruta iniciada.

Bien pues en el apunte en cuestión  se hacía referencia a las veleidades del entorno de la ría ferrolana con un recorrido que se inició en la Punta del Segaño para, después de recorrer la otra banda, rematar en el vecino Ayuntamiento de Neda.

Estábamos en un punto de nuestro recorrido observando el, siempre sorprendente, espectáculo que se puede contemplar desde el Monte de Ancos, que es donde hubo que dejar el recorrido, ya al atardecer, para esta ocasión en la que nos encontramos, y dar cuenta del camino que todavía nos separa para llegar al final de nuestra ruta, en el extremo Oeste de la ría ferrolana, Cabo Prioriño.

La distancia a recorrer es tal que, si queremos disfrutar de todo lo que el camino nos ofrece, hemos de hacer uso del coche para que el tiempo, ese que nos marca la maquinita, la indeseable, que da nombre a esta y la anterior separata nos impida continuar con la ruta iniciada.  Monte abajo haremos el recorrido que nos llevará a la desembocadura, en el mar, los ríos siempre desembocan en el mar, del rio Jubia, justo donde podremos contemplar lo que en su día fueron las Reales Fabricas de Jubia, allí se acuñaron monedas, se fabricaron planchas de cobre para cubrir la carena de los buques, incluso armas se fabricaron en ella, y justo enfrente, al otro lado del rio, como emergiendo de sus aguas, el Molino de Jubia, que junto con el de Las Aceñas, que podremos contemplar un poco más adelante, nos esperan para contemplarlos, ya que su visita, siendo propiedad privada no está permitida, aunque su estado de conservación tampoco lo permitiría, pero contemplar el hermoso paraje en el que se encuentran eso si lo podemos hacer.

Disfrutando del estuario que forma la ría, justo donde está el citado Molino de Las Aceñas, existe una sociedad fabril cuya contaminación ambiental es tan acusada, que al observarla nos damos cuenta de los atropellos que somos capaces de hacer en aras del pretendido desarrollo industrial, un paraje natural en la desembocadura del rio Inxerto destrozado por los vertidos contaminantes allí vertidos a la ribera de las marismas.

Pronto, casi en un suspiro, llegaremos a El Couto, allí hay un monasterio, el de San Martín de Jubia, que es cuna y archivo de nuestra historia, por lo que obligadamente debemos pararnos en él lo suficiente para conocer sus instalaciones y el ilustrante contenido de los archivos allí existentes.

Ver y disfrutar de la visita a todos los monumentos u otras instalaciones urbanas de Ferrol, Arsenal incluido, será imposible dado el poco margen de tiempo de que disponemos para hacerlo, entonces será mejor dejarlo para otra ocasión, y bordeando la urbe, tomar el camino de San Felipe para una vez allí disfrutar visitando esa joya ferrolana que es el castillo allí existente que data de 1589 -Inicio de la primera construcción- y es un magnifico y elocuente relato de nuestra historia. Siguiendo la ruta por la costa Norte de la ría, tendremos ocasión de contemplar tres de las quince baterías que formaron parte de la defensa costera de la misma: San Carlos, San Cristobal y por fin, ya en Cabo Prioriño,  podremos contemplar la grandeza de la Bateria de Viñas, de la que personalmente me llaman la atención, además de su comentada grandeza, dos cuestiones; la primera que hubo de ser trasladada, piedra a piedra, de su ubicación original al lugar  donde se encuentra ya que estaba donde se construyó el Puerto Exterior de Caneliñas, y la segunda que existe en ella un “horno para calentar balas”, las que luego, puestas al rojo vivo, disparaban los cañones allí existentes para procurar el incendio y posterior hundimiento de los buques enemigos, que osaban, solo eso, entrar por la boca de la ría ferrolana con ánimo belicoso. Eso sí, olvidándonos del reloj,  ya que merece una buena paradita para conocerla en toda su amplitud.

Solo nos resta  retroceder un poco para tomar el camino de los túneles donde estaban estratégicamente instalados los reflectores que servían para iluminar y vigilar el horizonte marino, mirando Sur, Oeste y Norte respectivamente, los cuales formaron parte del destacamento militar que allí había. Las panorámicas que se divisan desde allí son incomparables,  y las puestas de sol que se pueden contemplar, no hay palabras para describirlas ni adjetivos para calificarlas. Simplemente: hay que verlas.

Esa maquinita indeseable pero necesaria (y II)