NORMALIDAD

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Normal o anormal, esa es la cuestión, pues el mero hecho de ser, con todo respeto para Shakespeare, no resulta más que un presupuesto. Cuando encontramos las cosas en su estado natural, decimos que son normales; lo normal es que un muerto no hable, que esté calladito, de lo contrario le llamaríamos zombi o algo parecido.
Si la calavera le hubiera contestado a Hamlet se habría llevado un buen susto, pues no era de esperar. Con los vivos es más difícil saber cuándo están o estamos dentro de los parámetros de la normalidad. A diferencia de lo que ocurre con el mero hecho de ser, lo normal admite grados, incluso categorías,uno puede resultar muy normal o poco, entrando en la categoría de normalito.
En realidad, no es una cuestión fácil de dilucidar esto de la normalidad. Las antiguas escuelas de magisterio se llamaban “Normales”, nombre que aún conservan algunos edificios, pero que ya no sirve para denominar a los centros de educación.
Quizá nuestros mayores pensaban que lo primero que había que enseñar a los niños eran las normas o reglas propias de su condición, o sea las que debían caracterizar, según ellos, el comportamiento de los seres humanos frente al de los animales u otros semovientes; siempre con la esperanza  de que acabaran siendo personas cabales y de provecho, como se decía entonces.
Bien es verdad que eso de ser personas normales no es nada sencillo, y desde luego ninguna escuela lo garantiza. No cabe duda de que los comportamientos anormales que podemos observar a diario, nos llevan a pensar lo fácil que es deshumanizarse.
Algunos comportamientos son espantosos y nos preocupan, por aquello de la alarma social, una de las muchas cursiladas eufemísticas que nos hemos inventado, cuando la anormalidad de un sádico o de un violador se nos echa encima de forma brusca. Sin embargo, hay otro tipo de anormalidad más corriente que no deja de ser igualmente peligrosa.
Todos llevamos un pequeño anormal en nuestro interior, dispuesto a salir o a manifestarse en cualquier momento, no necesariamente de forma violenta, aunque también.
No hay más que ver como conducen algunos, para darse cuenta lo fácil que resulta perder la compostura o la buena educación. Los hay ruidosos, agresivos, listillos y fuguillas, que convierten las vías públicas en lugares peligrosos.
Bien es verdad que la mayoría cuando echamos pie a tierra volvemos más o menos a la normalidad, y digo más o menos porque el problema no es el tráfico o las circunstancias en que nos podamos encontrar, sino lo que cada uno lleva en su interior.
Amargados, narcisistas y excluyentes pululan y se juntan en asociaciones y movimientos que, a pesar de ser bastante numerosos, no parecen muy normales y resultan como digo peligrosos.

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