Soportar a un necio

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s difícil soportar a un necio, ya lo decía don Lope de Vega: “de cuantas cosas me cansan / fácilmente me defiendo; / pero no puedo guardarme / de los peligros de un necio”. Llevamos bastante tiempo soportando a unos cuantos presuntuosos, portavoces, según ellos, de toda una nación, llamados al parecer a redimir a su pueblo de la opresión secular a que ha sido sometido ¿Puede haber algo más estúpido? Pues sí, los que se lo han creído, seguido de los hipócritas y malvados, que siempre los hay, dispuestos a sacar provecho.
También Espronceda se refirió a este tipo de calaña con aquello de “alevosos, traicioneros, / bellacos y desleales, / la convivencia entre iguales / rompen con su felonía, / y han de acabar la porfía, / en inmundos cenagales”. Sabía bien de lo que hablaba, pues en su tiempo, nuestro turbulento y liberal siglo XIX, también ocurrió que “un tipo poco honorable, / quiso imponer sus ideas / con maneras maniqueas, / fraudulentas, miserables, / arteras y despreciables”. Así que nada nuevo bajo el Sol, hoy como ayer, ante tanta felonía, habrá que recordar también, una vez más con el increíble Espronceda, que “medio milenio hermanados / no lo separa un tarado / dirigente provinciano, / por mucho discurso vano / que largue desde su estrado”. Hay suficientes expresiones en nuestra maravillosa lengua española para describir, a modo de desahogo, a ese tipo de vanidoso que tanto molestaba a don Lope de Vega y Carpio: se puede empezar por necio y acabar en presuntuoso, maléfico, traicionero, bellaco y desleal, felón por no decir huero, que es vano e insustancial. No son insultos, es la descripción de lo que puede llegar a representar alguna que otra actitud propia de personajillo de comedia, botarate donde los haya y contumaz en el error; incluido el odio a España. Hasta aquí hemos llegado, habrá que seguir gritando con el ya tantas veces citado Espronceda “Oigo, patria, tu aflicción, / y no entiendo en que callas, / viendo a traidores canallas / despedazar la nación”. Por suerte para nosotros y desgracia de algunos, nuestra felicidad no radica en el aprecio o amor que su altanería nos niega, somos una gran nación, el primer estado moderno de Europa, con una definición territorial fruto de siglos de historia. En este concurso de necios a que estamos asistiendo, es necesario incluir por desgracia a quienes critican a los responsables de los poderes del Estado por poner remedio a tanto desafuero. Y es que la cobardía y la necedad siempre han ido de la mano.

Soportar a un necio