Ciencia y conciencia

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Hace unas semanas la Fundación BBVA hizo públicos los resultados de un estudio realizado en diez países europeos y en Estados Unidos sobre la ciencia y la percepción que de la misma tienen las respectivas sociedades analizadas. En una primera parte se analizaba el grado de conocimiento y cercanía a la ciencia, para pasar después a abordar la valoración de la ciencia en su conjunto, las aplicaciones tecnológicas derivadas de la misma, las expectativas en el medio plazo y las posibles tensiones entre ciencia y ética.

Los consultados de las distintas procedencias valoran positivamente el papel de la ciencia y la tecnología como motor de progreso y de la cultura. En este punto los encuestados españoles se acercan a la media europea en la consideración de las posibilidades o fortalezas de la ciencia, destacando muy especialmente su papel en la mejora de la salud.

Procede, por otra parte, señalar que los españoles destacan por su optimismo en relación con el conjunto de las aplicaciones científicas. En este sentido, se muestran especialmente favorables, y muy por encima de la media europea, respecto a los efectos de las nuevas tecnologías en nuestra vida.

A juicio de los responsables del estudio, la comprensión en España de la ciencia no es mucha en comparación con otros países europeos, de forma que el ciudadano medio tiende a evaluarla desde una perspectiva utilitarista: por la mejora de los patrones de calidad de vida. En consecuencia, todo lo que limite ese avance se ve como negativo.

En línea, pues, con esa percepción, mientras el 54 por ciento de los europeos consultados cree que la ética debería poner límites a los avances científicos, ese porcentaje baja en nuestro país hasta el 41 por ciento. Al tiempo, esta importancia laxa que los españoles dan a la ética se complementa con otra todavía más rotunda: ocho de cada diez españoles –ocho puntos por encima de la media europea- estiman que la religión no debería poner límites a los avances científicos.

Ciencia sin conciencia, se podría resumir. Y ya sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de sí misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. Y no lo digo yo. Estas últimas palabras de advertencia son del pontífice Benedicto XVI. Se las dirigía ahora hace un año a los jóvenes profesores convocados en El Escorial, dentro de la Jornada mundial de la Juventud. Por lo que se ve, bien puso entonces el dedo en la llaga.

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